Opinión: «Inconsecuencia y abandono: Un Día del Profesor en la calle»

Por Ángela Aguilera, Educadora de Párvulos.

El 16 de octubre se conmemora el Día del Profesor/a y, aunque para muchos debió ser una jornada de descanso, este año decidimos salir a las calles a manifestar nuestro profundo malestar  y preocupación. Un descontento provocado no solo por la falta en insumos e infraestructura deteriorada de muchos establecimientos, sino también por los masivos despidos de docentes y personal educativo, la fusión y cierre de cursos, y la inminente clausura de establecimientos que se viene.

Paradójicamente, en redes sociales vimos a las autoridades enviando afectuosos saludos y destacando la importancia clave que tenemos en el desarrollo de niños, niñas y jóvenes. Resulta contradictorio y doloroso que sean esas mismas autoridades quienes constantemente faltan al respeto a nuestro gremio. Escuchar sus discursos suena a burla y evidencia una total inconsecuencia entre lo que dicen y lo que hacen.

Sin lugar a dudas, este Día del Profesor fue muy distinto a los anteriores. Frente a una debacle que genera rabia, pena e incertidumbre, queda claro que quienes lideran la educación no solo están desconectados de la realidad de nuestras escuelas, sino que carecen de la preparación técnica y empática para ejercer sus cargos. Resulta inconcebible que personas ajenas a la educación —o profesionales con título docente que jamás han pisado un aula— pretendan «enseñarnos o darnos clases» de cómo debemos hacer nuestro trabajo.

Asimismo, es amargo ver cómo cierto sector de la ciudadanía, sin conocer nuestra labor diaria, nos critica desde la ignorancia y con comentarios malintencionados. No imaginan el esfuerzo que realizamos para sostener la educación pública y en muchos casos la subvencionada. Desconocen que gran parte de nuestro trabajo se traslada a nuestros hogares durante los fines de semana y días festivos para garantizar aprendizajes de calidad.

Tampoco dimensionan la violencia física y verbal a la que nos enfrentamos a diario, la cual muchas veces debemos callar para no ser tildados de «conflictivos», «faltos de vocación» o «malos profesores».o peor aún arriesgar sumarios o perder el trabajo. Se cuestionan nuestras licencias médicas sin entender el deterioro físico y psicológico que genera esta sobrecarga, sumado a las gestiones que hacemos por cuenta propia para conseguir recursos o actividades motivadoras para nuestros estudiantes.

A esto se añade la constante preocupación ante el aumento desgarrador de problemas de salud mental a temprana edad —depresión, conductas autolesivas e ideación suicida— que nos mantiene en una alerta permanente para evitar tragedias por las cuales, con seguridad, se nos terminaría responsabilizando. Todo esto, mientras intentamos responder ante familias ausentes o disfuncionales que pretenden que la escuela supla por completo el rol parental.

También  olvidan que aparte de profesionales de la educación, muchos somos,padres,madres o hijos de adultos mayores ,que deben ejercer paralelamente  el rol de cuidores. En no pocos casos, además,enfrentan grandes problemas personales lo que exigeun doble ,lo cual exige un doble esfuerzo para poder cumplir en ambos ámbitos,

Hoy veo muchos colegas agotados, pero firmes en la convicción de que educar también es defender la dignidad de nuestra profesión.
Espero que en un futuro no muy lejano,podamos decir, con absoluta certeza y tranquilidad :»Feliz día de la profesora y el profesor»

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