Por Ángela Aguilera, Educadora de Párvulos
Cuando comencé a trabajar por primera vez en una escuela de manera estable, debo confesar que lo único que me daba un poco de vergüenza al principio era hablar del tiempo de vacaciones que tenía. Básicamente, esto se debía a que solía escuchar frases como: «Los profes tienen muchas vacaciones», «Pasan en vacaciones no más», «¿De qué se quejan si no trabajan nunca?» o «Con todas las vacaciones que tienen se van a paro para seguir flojeando», entre muchas otras similares.
Este tipo de críticas hacia nuestro trabajo es muy recurrente y, como mencioné, al principio me generaba cierta incomodidad. Sin embargo, al andar el camino, seguir leyendo y ejercer por más años mi carrera de Educadora de Párvulos en diversos colegios de la corporación —la mayoría con altos índices de vulnerabilidad—, fui entendiendo que no debía tener ningún sentimiento negativo por esos periodos de descanso, ya que tienen una lógica y una historia.
Las vacaciones de los profesores se consolidaron tras años de movilización sindical y de una lucha constante por lograr estabilidad laboral. Por décadas, en el periodo estival, los profesionales de la educación no recibían sueldo porque sus contratos duraban solo hasta diciembre. Lamentablemente, hoy hemos ido perdiendo de a poco esa estabilidad, al punto de que los profesores parecemos «temporeros de la educación».
Sé que para quienes no trabajan en el sector educativo, principalmente en escuelas, esto sigue resultando incomprensible, injusto y excesivo. Pero la verdad es que este descanso es necesario tanto para docentes como para asistentes de aula, paradocentes, auxiliares de servicio y estudiantes. Tal vez muchos no lo entienden porque desconocen el desgaste que significa estar horas frente a un curso o repartir el trabajo en varios niveles durante el día.
Es un desafío diario intentar mantener la atención de niños y niñas —lo que cada vez es más complicado— y lograr que todos alcancen los aprendizajes esperados buscando diferentes estrategias, ya que no todos avanzan al mismo ritmo. A esto se suma resolver conflictos entre compañeros, mantener la carga administrativa al día, responder a las expectativas de los apoderados y rogar no hacer nada que les parezca mal para evitar denuncias o «funas» en redes sociales.
También implica retomar la rutina tras los periodos de receso, lograr la adaptación de quienes se separan por primera vez de sus padres, e identificar si un estudiante trae alguna carga compleja desde el hogar para poder apoyarlo. Debemos contener a los niños si se desregulan —muchas veces esquivando golpes—, mantener la calma frente a respuestas desafiantes o palabras soeces, y gestionar materiales para hacer las clases más motivadoras. Todo esto mientras te aguantas si te sientes enfermo para no ser cuestionado (ya que si bien hay directores empáticos, hay otros que no lo son) y lidiando con cursos muy numerosos, para luego llegar al hogar a cumplir con las tareas domésticas y seguir trabajando en lo que no se alcanzó a terminar en la escuela.
Al comentar esto no me estoy quejando o, como dirían algunos hoy en tono de broma, «haciéndome la vístima». La verdad es que no. Al igual que la mayoría de mis colegas, elegí trabajar en educación porque amo lo que hago; en lo personal, digo con mucha alegría que sigo disfrutando a diario mi labor y no me imagino en otra profesión.
Solo quiero rescatar dos conclusiones de todo esto: primero, nuestras vacaciones son completamente merecidas; y segundo, no es que los profesores tengan muchas vacaciones, es que los demás trabajadores tienen muy pocas. ¿Tú también piensas que el resto de los trabajadores tiene pocas vacaciones?

