Por Ángela Aguilera Morros, Educadora de Párvulos
Hace algunos días se realizó una marcha convocada por estudiantes, en la que participaron agrupaciones vinculadas a la educación y otras organizaciones sociales (como el Colegio de Profesores, la ACES, la CUT y la ANEF, entre otras). Al ver las imágenes y videos de la dura represión que sufrieron, fue imposible no recordar los tiempos de la dictadura y del estallido social, épocas donde el uso excesivo de la fuerza era la tónica de cada manifestación.
Sin embargo, hubo tres cosas que no dejaron de sorprenderme y molestarme al revisar las opiniones en las redes sociales:
Primero, leer a tantos reclamar por las movilizaciones, asegurando que son una «pérdida de tiempo» para no tener clases, que lo único que los estudiantes deben hacer es “estudiar” porque no saben nada, o que el resto se manifiesta para “no trabajar”. Fue ahí cuando recordé la frase “los chilenos tienen mala memoria”. A la gente se le olvida que la gran mayoría de los derechos sociales se han ganado en la calle: las vacaciones pagadas, el derecho a la salud, la gratuidad universitaria, el voto femenino y tantos más. Hubo personas que salieron a marchar y arriesgaron desde sus puestos de trabajo hasta sus propias vidas para que hoy gocemos de beneficios que algunos, al parecer, creen que aparecieron por arte de magia.
Segundo, los reiterados comentarios de “zurdos flojos”, “quieren todo gratis” o “malos para la pega”, instalando la idea de que los únicos trabajadores reales son los del sector político contrario o los “patriotas bien nacidos”, como varios se catalogan a sí mismos.
Lo paradójico es que muchos de estos comentarios venían de conocidos con los que alguna vez trabajé; personas que jamás habrían ganado el premio al “trabajador del mes” y que, sin embargo, tildan de flojos a otros con un desparpajo que asombra. Daban ganas de recordarles su propio y paupérrimo desempeño laboral.
Lo tercero, y quizás lo más tremendo, fue ver la cantidad de reacciones sonrientes en las noticias que mostraban las agresiones a los manifestantes, especialmente el caso de la estudiante de Derecho que resultó con lesiones graves. Comentarios tan carentes de empatía como: “Sabía a lo que iba”, “Poco le pasó”, “Seguramente quiere ser diputada”, “Otra Campillai” o “Ella se lo buscó”, reflejan un nivel de maldad difícil de creer en un ser humano.
Lo más impactante es que muchas de estas frases provenían de mujeres de mediana o avanzada edad, de sectores socioeconómicos no pudientes, cuyos perfiles en redes sociales estaban repletos de imágenes de Jesús, la Virgen, salmos y fotos familiares en misas, cultos o fiestas religiosas. No pude evitar recordar a una asistente de párvulos con la que trabajé, quien al ver a estas personas supuestamente tan devotas, pero con actitudes que contradecían todo lo que predicaban, decía una frase que hoy me hace total sentido: “Come santo y caga diablo”.
Al parecer, para muchos, el ser buena persona, solidario, generoso y conmoverse por el sufrimiento ajeno es algo que se practica solo una vez al año: para la Teletón, donde todos limpian sus culpas y se sienten aliviados. Es tremendo ver cómo el anonimato de una pantalla otorga una falsa impunidad para lastimar, burlarse y ofender a cualquiera.
¿En qué momento nos volvimos tan indolentes? ¿Existe realmente la posibilidad de un cambio positivo?

