Por Félix Videla Cavieres, Profesor de Biología y Ciencias
«Quienes habitamos las escuelas sabemos que la discusión pública sobre la inteligencia artificial (IA) suele moverse entre dos extremos: el temor casi apocalíptico al plagio y la fe ciega en que un algoritmo resolverá mágicamente los problemas del sistema escolar. Pero cuando uno camina por los pasillos y entra a las salas de clases, la realidad nos exige una mirada mucho más aterrizada y constructiva. La IA no llegó para reemplazar al profesor, sino para convertirse en un puente que nos permita conectar mejor con cada estudiante.
El verdadero valor de esta tecnología no está en su velocidad para entregar datos, sino en su capacidad para romper de una vez por todas con la rigidez de la enseñanza tradicional. La neuroeducación nos viene diciendo hace años lo mismo: no existen dos cerebros iguales y cada niño procesa el mundo a su propio ritmo. Es aquí donde la IA se transforma en una aliada histórica para llevar el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) desde la teoría a la práctica.
Hoy podemos adaptar un mismo contenido curricular a distintos niveles de comprensión lectora, generar apoyos visuales y diseñar estrategias específicas para estudiantes con necesidades educativas especiales en cuestión de minutos. No se trata de mecanizar la educación, sino de usar la tecnología para que ningún estudiante se quede atrás.
Para los docentes, el impacto en el día a día es tremendo. Al optimizar tareas burocráticas —como elaborar rúbricas o estructurar una planificación analítica—, la tecnología nos devuelve lo más valioso: el tiempo. Menos horas pegados a una pantalla llenando formularios se traducen directamente en más minutos para mirar a los ojos a los alumnos, escuchar sus dudas y mediar su aprendizaje. Además, desde la gestión técnica, el análisis de datos nos permite encender alarmas tempranas para apoyar a los estudiantes que se están quedando rezagados antes de que sea demasiado tarde.
Pero seamos honestos: esta transformación no va a ocurrir por arte de magia ni puede depender únicamente del voluntarismo o del entusiasmo de cada profesor. Aunque el Ministerio de Educación ha dado pasos valorables con las orientaciones del Centro de Innovación y los cursos autoinstruccionales del CPEIP, necesitamos con urgencia dar un salto hacia una política de Estado robusta, permanente y con financiamiento real.
Para que la IA sea un motor de equidad y no una nueva brecha que profundice las desigualdades, el Mineduc debería priorizar tres ejes fundamentales en sus políticas públicas. Primero, pasar de los cursos genéricos online a una formación continua situada en el territorio, financiando talleres prácticos de co-diseño pedagógico dentro de las mismas escuelas para aprender a usar esta tecnología desde la didáctica de cada asignatura. Segundo, resulta imprescindible actualizar la formación inicial en las universidades; los futuros docentes deben incorporarse al sistema educativo dominando la alfabetización digital y la ética de datos. Y tercero, nada de esto funcionará sin una infraestructura digital basal garantizada. Necesitamos asegurar conectividad de alta velocidad en cada rincón del país, para que innovar no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho de justicia social.
La adopción de estas tecnologías nos obliga también a repensar cómo evaluamos. Siguiendo las directrices de la UNESCO, el foco debe moverse desde el «producto final» (el trabajo escrito que la IA puede redactar en segundos) hacia el proceso completo. En este contexto, nos toca enseñar a dudar, a cuestionar los sesgos del algoritmo y a verificar fuentes de manera crítica.
Al final del día, la inteligencia artificial nos está empujando a volver a lo esencial. Ninguna máquina podrá replicar jamás el afecto, la empatía, el asombro ni ese vínculo único que se genera entre un maestro y su estudiante dentro del aula. Lejos de deshumanizarnos, la tecnología nos desafía a ser más humanos que nunca, convirtiendo la innovación en una herramienta al servicio de una educación más justa, más personalizada y profundamente humana».

