Por Ángela Aguilera Morros, Educadora de Párvulos
Se repite con insistencia que los niños y niñas ya no leen. Si bien hay algo de verdad en ello, lo fundamental no es quedarnos en la queja, sino analizar las causas y gestionar soluciones. Es innegable que la falta de modelos lectores en el hogar, sumada a la inmediatez del celular y la tecnología, hace que un libro —que requiere pausa y concentración— resulte, a simple vista, menos motivador. Sin embargo, si no actuamos pronto para revertir esta situación, difícilmente recuperaremos el placer de leer como una opción frente a las pantallas.
En mi experiencia en la biblioteca escolar, decidí dejar de suponer y empecé a preguntar. Las respuestas de los estudiantes fueron variadas y reveladoras: algunos encuentran la lectura «fome», otros se sienten abrumados por libros demasiado largos o impuestos por obligación, y hay quienes temen el estigma social de ser tildados de «nerds». Incluso, para muchos, la dificultad de comprensión lectora se vuelve una barrera que los desanima antes de empezar.
Ante esto, me propuse una meta: que cada año más niños no solo leyeran, sino que disfrutaran el proceso. Me enfoqué en los más pequeños, donde el hábito es más maleable. Implementamos cuentacuentos, el uso del kamishibai (teatrillo de papel) y estrategias sencillas pero eficaces, como las cajas de «Libros para el recreo», con ejemplares de portadas llamativas y textos breves. Al pedirles que me relataran lo que leían y premiar ese esfuerzo, la biblioteca empezó a cobrar vida.
No todo fue éxito inmediato. Al principio, ver que solo un grupo reducido se entusiasmaba resultó frustrante. Otros se acercaban solo por el premio y luego se alejaban. Sin embargo, con persistencia, el panorama cambió: la competencia sana se transformó en recomendaciones entre pares y surgieron grupos de lectura compartida. Para los más grandes, buscamos otros ganchos, como los «desayunos literarios», donde la comodidad y la comida crearon un ambiente propicio para el diálogo.
Hoy, con proyectos en marcha como el concurso del «Curso Lector», vemos un flujo constante de niños que llevan libros a sus casas. Hemos aprendido que no hay que rendirse ante el discurso de que «los niños no se motivan con nada». Es un error pensar que es una batalla perdida o que leer cuentos cortos «no sirve»; al contrario, cada página suma vocabulario y velocidad, preparando el terreno para desafíos mayores.
Mientras logremos que un niño conecte con una historia, el esfuerzo vale la pena. Ver sus caras de emoción al narrar una aventura o su orgullo al ser reconocidos como lectores es una recompensa que no tiene precio. La invitación es a no quedarnos en el diagnóstico negativo, sino a seguir creando puentes entre los libros y sus futuros lectores.

