Por Israel Freire, Ingeniero Mecánico
En el debate sobre desarrollo, Chile ha oscilado durante décadas entre dos polos: por un lado, la defensa del modelo extractivo como base de crecimiento, y por otro, la aspiración, muchas veces abstracta, de transformarse en una economía industrial y tecnológica similar a países desarrollados. Sin embargo, esa dicotomía es, en gran medida, artificial. Chile no necesita renunciar a sus ventajas comparativas para desarrollarse; lo que necesita es construir una vía propia de desarrollo, que parta precisamente desde aquello que ya es y existe.
La estructura productiva del país es clara. La minería, la agroindustria, la energía, el sector forestal y la acuicultura constituyen el corazón de la economía chilena. Pretender ignorar esa realidad para “diversificar” sin dirección ha demostrado ser poco efectivo. La pregunta correcta no es cómo dejar de ser un país extractivo, sino cómo transformar ese extractivismo en una plataforma de desarrollo industrial, científico y tecnológico.
La clave está en avanzar hacia una industrialización que no niegue estas actividades, sino que las potencie. Es decir, dejar de exportar únicamente materias primas y comenzar a desarrollar las capacidades para producir las tecnologías, maquinarias, servicios e insumos que esas mismas industrias requieren. En otras palabras, pasar de ser proveedores de recursos a ser también proveedores de soluciones.
Un ejemplo evidente se encuentra en la agroindustria, particularmente en el sector frutícola, uno de los pilares de las exportaciones chilenas. En un contexto de crisis hídrica estructural, la eficiencia en el uso del agua ya no es una ventaja competitiva, sino una condición de supervivencia. Sin embargo, esa eficiencia no se logra únicamente con buenas prácticas, sino con tecnología, sensores, automatización, modelamiento y ciencia aplicada. Allí existe una oportunidad concreta: desarrollar una industria tecnológica asociada al uso eficiente de recursos, que no solo fortalezca la producción nacional, sino que también pueda exportarse a otros países con condiciones similares.
Lo mismo ocurre con la minería y la energía. Chile tiene una posición privilegiada a nivel global, pero gran parte de la tecnología utilizada en estos sectores sigue siendo importada. La posibilidad de desarrollar soluciones propias, desde sistemas de monitoreo hasta maquinaria especializada, no solo aumentaría la eficiencia interna, sino que permitiría generar un ecosistema industrial vinculado a estas actividades. Aquí es donde la robótica aparece como un elemento estratégico.
No se trata de competir en la carrera global por robots humanoides, donde países con mayores capacidades industriales llevan décadas de ventaja. Chile debe ser inteligente en la definición de sus prioridades. El desarrollo de robótica aplicada a la minería, a la energía o incluso a la gestión de residuos, como robots capaces de operar en vertederos y recuperar metales reutilizables, abre un campo enorme para la innovación. Este tipo de desarrollos no solo mejoran la productividad, sino que también impulsan una economía circular, donde los residuos dejan de ser un problema para transformarse en una oportunidad.
En paralelo, el desarrollo de la inteligencia artificial representa otra dimensión clave. Chile cuenta con capital humano avanzado y un ecosistema incipiente en esta materia, pero el desafío es orientar ese desarrollo hacia las necesidades reales del país. La IA aplicada a la optimización de procesos productivos, la gestión energética, la predicción climática o la logística puede tener un impacto mucho más significativo que su uso en aplicaciones genéricas. Nuevamente, la clave está en alinear la innovación con la estructura productiva existente.
Un ámbito menos discutido, pero con un potencial estratégico enorme, es el desarrollo naval vinculado a la Antártica. El crecimiento de las operaciones científicas, logísticas y turísticas en el continente blanco abre un mercado que Chile está en condiciones de liderar a nivel regional. La construcción de buques rompehielos y embarcaciones especializadas no solo tiene valor económico, sino también geopolítico. En este punto, la articulación entre el Estado, las Fuerzas Armadas, a través de capacidades instaladas como ASMAR, las universidades y el sector privado puede generar una industria de alto valor agregado, con proyección internacional.
Finalmente, existe un componente que muchas veces se subestima: la exportación de servicios. Chile ya ha demostrado capacidades en áreas como tecnologías de la información, ingeniería, minería y energía. Sin embargo, este potencial está lejos de ser plenamente aprovechado. La exportación de servicios profesionales, consultorías, diseño de proyectos, gestión de activos, mantenimiento especializado, etc., puede transformarse en un motor relevante de crecimiento, especialmente en un mundo donde el conocimiento y la experiencia son cada vez más valorados.
En este sentido, Chile no solo puede exportar cobre o fruta, sino también conocimiento aplicado. Puede vender ingeniería minera a países que están desarrollando sus propios proyectos, asesoría energética a economías en transición o soluciones tecnológicas a mercados emergentes. Esta es una oportunidad concreta de posicionarse como un actor relevante en la economía global del conocimiento, sin abandonar su base productiva.
En definitiva, el desarrollo de Chile no pasa por imitar modelos externos, sino por comprender profundamente su propia estructura económica y construir desde allí. Industrializar lo que ya somos, agregar valor donde hoy solo hay extracción, y articular ciencia, tecnología e industria en torno a nuestras fortalezas.
No se trata de elegir entre extractivismo o desarrollo. Se trata de entender que, bien conducido, el primero puede ser el punto de partida del segundo.

