Por Paulo Gutiérrez, Investigador, Master en Participación y Doctorando en Ciencias Sociales
El debate alrededor del megaproyecto Puerto Exterior en San Antonio suele escenificarse con la previsibilidad de un libreto desgastado: a un lado de la balanza, las promesas de inversión millonaria, la capacidad logística del comercio exterior y las métricas de empleo; al otro, las alertas por el impacto irrecuperable en el complejo de humedales Ojos de Mar, la desembocadura del río Maipo y la biodiversidad marina que sostiene el ecosistema de la provincia. Sin embargo, abordar un proyecto de esta envergadura desde una trinchera dicotómica no solo es un error conceptual, sino una irresponsabilidad histórica.
Desde diferentes instituciones internacionales como el Centro de Resiliencia de Estocolmo, el IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas) y el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) las alertas están dadas y el horizonte es sombrío: usando como marco los límites planetarios, al ritmo actual de degradación ambiental y alteración de hábitats, 7 de 9 limites ya se encuentran sobrepasados, y sin medidas concretas podría hacer de este un proceso irreversible. Si los gobiernos no toman acciones, se prevé que para el 2050 estos límites empeorarán, superando aún más los umbrales críticos de biodiversidad indispensables para la estabilidad climática y la vida humana. Ante la contundencia de esta trayectoria y proyección, la premisa de que debemos elegir entre «desarrollo y empleo» o «sustentabilidad» revela su verdadera naturaleza: es una falsa dicotomía.
No existe economía posible en un territorio biológicamente colapsado. La sustentabilidad no puede ser un trámite burocrático, una política ajustada a la economía o un capítulo de responsabilidad social empresarial, y tampoco es un capricho de grupos conservacionistas. Es la condición material previa para la viabilidad de cualquier proyecto humano a largo plazo. Los empleos creados sobre la destrucción sistemática de los ecosistemas locales son, por definición, pan para hoy, colapso para mañana.
En esta línea la evidencia científica cuestiona en gran medida el impacto de un Megaproyecto como el del Puerto Exterior en San Antonio. En efecto, toda la zona tiene una conexión interna a través de drenajes subterráneos y superficiales, conectando todo el ecosistema de la ribera, tanto la zona norte como la sur. Ni hablar de mirar los efectos en la comunidad, la identidad local, la historia de Llolleo y San Antonio, y el cruce cultural de este ecosistema con la población. Esto no tiene valor material, por tanto, debe afrontarse desde una perspectiva que aborde el componente inmaterial.
En este escenario, la mirada con que algunos pretenden abordar el Megapuerto resulta a ratos simplista. Celebrar el proyecto reduciendo la discusión a perspectivas a corto plazo —o rechazarlo sin proponer alternativas de forma integral— demuestra una incapacidad para procesar la complejidad socioecológica.
La discusión debe estar a la altura del desafío y abandonar consignas fáciles. San Antonio no necesita falsas dicotomías; necesita una política seria que entienda que la infraestructura estratégica solo será competitiva si garantiza la resiliencia socioecológica de los territorios donde se emplaza. Una política que, además, integre a la comunidad afectada no solo como quienes asumen los costos externos. Exigir que los megaproyectos internalicen la complejidad socioambiental no es frenar esa idea de progreso que se justifica solo desde esta dicotomía, es asegurar que exista un futuro en el cual la vida todavía tenga sentido y sea viable para el ecosistema y las poblaciones que los habitan.

