Opinión: «El capital contra la cordillera: un horizonte ecosocialista para Chile

Por Felipe Rojas C., Trabajador Social

Para comprender la secuencia de desastres que ha azotado a Chile a comienzos de octubre de 2026 -desde el devastador temporal en la región de Coquimbo que destruyó centenares de viviendas y dejó a miles de personas damnificadas, pasando por el alud letal en el sector de la mina El Teniente, lo ocurrido en San Carlos de Apoquindo, hasta la severa tormenta eléctrica, granizadas y precipitaciones del 13 de octubre en Santiago- es indispensable superar la categoría ideológica de “desastre natural”.

Como plantea Harvey, la categoría de “naturaleza” no existe en un vacío social, no es un marco estático u hostil externo a la humanidad, sino que está constitutivamente atravesada por las relaciones sociales de producción y por las dinámicas del capital. Bajo la lógica del crecimiento ilimitado, el sistema económico reduce los ecosistemas a meros “recursos de insumo” (materia prima barata) o a “vertederos desregulados” de sus externalidades.

Esta aproximación permite reactivar el concepto de fractura metabólica, planteada originalmente por Marx y teorizado en profundidad por el ecosocialista Bellamy Foster. Marx advertía que el modo de producción capitalista interrumpe violentamente el intercambio metabólico entre los seres humanos y la tierra, extrayendo nutrientes y energías del suelo sin restituirlos. En el siglo XXI, este concepto describe cómo la mercantilización de los suelos, la megaminería y la expansión urbana de la frontera agrícola e inmobiliaria fracturan los ciclos biogeoquímicos planetarios. La isoterma cero cada vez más alta en la cordillera de los Andes no es un azar meteorológico, es la manifestación física y termodinámica del metabolismo alienado del capital global acumulado en la atmósfera.

Geografía desigual del riesgo, producción del espacio

El análisis geográfico y político de los recientes acontecimientos pone en evidencia que el impacto ambiental está jerarquizado espacial y socialmente, por una parte, el aluvión en Las Condes y la producción inmobiliaria del espacio. El colapso del sector precordillerano de San Carlos de Apoquindo responde directamente a la producción del espacio urbanizado, en términos de Harvey. Durante décadas, la especulación inmobiliaria cotizó las laderas cordilleranas por su alto valor paisajístico, desforestando la cubierta vegetal nativa, compactando el suelo y canalizando erróneamente quebradas históricas. La pavimentación y la infraestructura del lujo ignoraron los flujos hídricos estructurales de la cuenca. Cuando las precipitaciones se combinan con isotermas altas, la topografía quebrada reclama su curso. No obstante, el costo social es diferenciado, la infraestructura privada traslada el riesgo ambiental hacia la clase trabajadora que presta servicios, habita zonas contiguas vulnerables o sufre la posterior suspensión de servicios básicos y redes de transporte colectivo.

Asimismo, el alud en El Teniente, mediante el deslizamiento de nieve y rocas en la división El Teniente de Codelco, que costó la vida a dos trabajadores contratistas mientras realizaban labores de despeje, demuestra la vigencia del diagnóstico de Moore. El capitalismo busca constantemente aprovisionarse de la «naturaleza barata» (energía, alimentos, materias primas y trabajo humano). En el modelo extractivista minero chileno, la intensificación de las operaciones en alta montaña somete a la fuerza de trabajo a riesgos desproporcionados frente a la impredecibilidad climática. La sustitución de contratos de planta por la externalización laboral precariza la seguridad y convierte el cuerpo del obrero contratista en la primera línea de choque de la volatilidad ambiental.

Y por último, el temporal de Coquimbo y Santiago, dejando en evidencia que el colapso simultáneo del drenaje pluvial, los cortes de suministro eléctrico y las anegaciones masivas producidas por las lluvias revelan la obsolescencia sistémica de las ciudades privatizadas. La infraestructura pública no fue diseñada bajo principios de resiliencia ecológica comunitaria, sino bajo criterios de eficiencia de costos y rentabilidad privada para concesionarias.

La trampa del «capitalismo verde» y la amenaza de la agenda negacionista

Frente al colapso en marcha, la respuesta de la elite dominante oscila entre dos trampas complementarias: el capitalismo verde y el negacionismo climático autoritario.

Como explican ecosocialistas como Löwy, las soluciones de mercado (como el comercio de bonos de carbono, los seguros privados contra catástrofes o la electrificación individualizada mediante tecnologización verde) no cuestionan la causa raíz, la acumulación infinita. Pretender resolver el calentamiento global mediante los mismos instrumentos financieros que lo provocaron es una quimera que solo mercantiliza la adaptación.

Por su parte, en el extremo político reaccionario, figuras como José Kast e ideólogos de su sector representan la trinchera del negacionismo ideológico y la desregulación ambiental. Esta agenda no es un mero escepticismo científico ingenuo, sino una estrategia política deliberada al servicio del capital extractivo e inmobiliario. Al poner en duda el consenso científico global, tildar la normativa socioambiental de «freno ideológico al desarrollo» y desmantelar decretos e instrumentos de protección ambiental, el negacionismo busca eliminar cualquier traba legal para la expansión de la frontera minera, forestal e inmobiliaria.

Ante emergencias como las de julio en Coquimbo, la retórica negacionista atribuye las tragedias a infortunios puntuales del tiempo o a fallas individuales de reacción, deslindando la responsabilidad del Estado y de las corporaciones privadas. Peor aún, promueve el desmantelamiento de los organismos de fiscalización medioambiental, como el Servicio de Evaluación Ambiental o la Superintendencia del Medio Ambiente, bajo el pretexto de la «permisología», incrementando exponencialmente la vulnerabilidad territorial de la población y la desprotección laboral de los trabajadores.

Propuestas para una transición justa en Chile

El ecosocialismo sostiene que la superación del colapso ecológico es inseparable de la superación de las relaciones de producción capitalistas. La consigna de Löwy, «cambiar el sistema, no el clima», exige traducir la teoría en medidas concretas de transformación estructural para el contexto chileno. En primer lugar, es imperioso para las comunidades, arrebatar la gestión del suelo a las inmobiliarias y los fondos de inversión privada. Instaurando un ordenamiento territorial vinculante basado en la ecología de cuencas hidrográficas. Esto implica la prohibición absoluta de la edificación en laderas precordilleranas, zonas de recarga de acuíferos y fajas de inundación natural, restaurando la vegetación nativa y el bosque esclerófilo como barreras biogeográficas contra aluviones.

En este mismo sentido, establecer los recursos mineros (como el cobre y el litio) bajo control democrático de los trabajadores y comunidades locales. Esto presupone subordinar los niveles de extracción a los límites ecológicos de las cuencas e implementar el derecho de veto laboral ante condiciones climáticas adversas, erradicando la subcontratación y priorizando la vida humana por sobre los planes de producción de las corporaciones.

Continuando con la misma lógica, es menester de la izquierda y los movimientos sociales, luchar por la reestatización de los servicios de agua potable, electricidad y gestión de residuos urbanos. Reorientando el presupuesto público hacia obras de infraestructura verde, captación de aguas pluviales, descarbonización real del transporte público y reconstrucción ecológica de las ciudades bajo criterios de justicia social. Cómo también, la planificación ecológica democrática frente al mercado, oponiéndose tanto a la ceguera del libre mercado como a la desregulación negacionista. La producción social debe ser planificada democráticamente resolviendo la pregunta de qué, cómo y para quién se produce, reemplazando el indicador del PIB por indicadores de bienestar socioecológico, sobriedad compartida y sustentabilidad intergeneracional.

Las tormentas, aluviones y tragedias laborales vividas en 2026 señalan que la frontera climática ha sido sobrepasada en el territorio chileno. Enfrentar este escenario desmintiendo la ciencia mediante el populismo negacionista de sectores extremistas solo acelerará la barbarie ambiental y la pérdida de vidas humanas.

Como sintetizaba Harvey y la tradición ecosocialista, la emancipación humana requiere reconciliar la producción con las leyes del metabolismo terrestre. La salida no vendrá de la mano de un capitalismo que ecologiza sus discursos mientras profundiza la extracción, sino de la articulación de un movimiento ecosocialista capaz de poner la vida, la justicia y la protección de los bienes comunes por sobre las ganancias del capital.

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