Por Felipe Rojas C., Trabajador Social
En los sectores populares, en las periferias urbanas de las metrópolis latinoamericanas, en las filas del transporte público antes del amanecer y en la economía informal que sostiene a más de la mitad del continente, ocurre un fenómeno tan evidente como desatendido por la política tradicional; la gente trabaja incansablemente para sobrevivir y prosperar, pero crecientemente se siente ajena y distante de los discursos políticos que pretenden representarla.
Durante décadas, la izquierda latinoamericana fundó su pedagogía social e identidad en torno a un sujeto histórico claramente delimitable; el trabajador industrial, el campesino organizado o el empleado público sindicalizado. Frente a ellos, el vocabulario emanado de la teoría crítica del siglo XIX y XX -categorías como proletariado, plusvalía, lucha de clases o conciencia emancipadora- ofrecía un mapa comprensible y potente para interpretar la desigualdad e incentivar la organización colectiva. Ese lenguaje explicaba con nitidez la explotación en las fábricas, las minas y las haciendas.
Sin embargo, las transformaciones socioeconómicas de los últimos cuarenta años han reconfigurado radicalmente el mapa social de nuestra región. La desindustrialización, la terciarización económica, la flexibilización laboral y la irrupción masiva de las tecnologías digitales han fragmentado el mundo del trabajo. Hoy, una inmensa masa de trabajadores habita en los márgenes del sistema formal; repartidores de plataformas digitales, trabajadores independientes, prestadores de servicios por cuenta propia, comerciantes de ferias libres y emprendedores por mera subsistencia.
Cuando un referente político se dirige a esta nueva masa trabajadora mediante consignas teóricas o una jerga endogámica, la reacción predominante no es la adhesión ni la indignación ideológica, sino el desencanto y la incomunicación. No significa esto que las personas hayan dejado de padecer la desigualdad, el abuso o la precariedad; significa que las categorías tradicionales de la izquierda han dejado de nombrar la vida cotidiana de la ciudadanía.
Esta distancia simbólica ha tenido consecuencias políticas devastadoras. En esa brecha comunicacional y afectiva han irrumpido con fuerza las narrativas de la derecha radical y el ultraliberalismo. Dichas corrientes han logrado conectar con el malestar social no porque ofrezcan soluciones reales a la desprotección estructural, sino porque han sabido validar la vivencia inmediata del individuo; la cultura del esfuerzo, la autosuficiencia frente al abandono del Estado, y el deseo genuino de autonomía. Bajo la seductora retórica del “emprendimiento” y la “meritocracia”, han convertido la desprotección social en una supuesta virtud personal.
Frente a este escenario, la izquierda latinoamericana se encuentra en una encrucijada histórica. Una opción es atrincherarse en el dogmatismo, culpando a las mayorías de poseer una “falsa conciencia” o de haber sido seducidas por la hegemonía cultural del capital. La otra opción, valiente y necesaria, consiste en emprender una renovación profunda de su vocabulario y su pedagogía política. Esta renovación no exige renunciar a los principios de la justicia social, soberanía y solidaridad que constituyen la matriz histórica del movimiento popular en América del Sur, por el contrario, requiere traducir esos mismos principios intransables al lenguaje, los dolores y los anhelos del siglo XXI.
Anatomía de la desconexión simbólica
Para iniciar una verdadera reconexión con los sectores populares, es indispensable analizar con honestidad analítica los factores que han generado la actual desconexión simbólica entre la propuesta de izquierda y el sujeto trabajador contemporáneo.
El concepto tradicional de “trabajador” presuponía una relación salarial estable, un lugar físico de trabajo compartido con pares, la presencia de una contraparte patronal claramente identificable y la mediación de una estructura sindical. En la América del siglo XXI, este esquema es minoritario. La realidad dominante es la heterogeneidad y la fragmentación.
El repartidor que recorre la ciudad durante doce horas sobre una motocicleta o el pequeño comerciante que gestiona su propio inventario en un barrio popular no experimentan su labor bajo la noción clásica de la relación patrón-empleado. Para muchos de ellos, la figura del patrón se ha vuelto difusa -escondida tras un algoritmo de una aplicación móvil o disuelta en la propia autogestión de la subsistencia-. En consecuencia, cuando la izquierda apela a la lucha contra el capitalista desde una retórica confrontacional clásica, el trabajador autónomo no ve reflejada su lucha diaria, que se percibe más como una batalla personal contra la burocracia, la falta de oportunidades, el costo de la vida y la inseguridad.
Un segundo obstáculo crítico reside en la sofisticación intelectual y la sobreteorización del discurso político de izquierda. Progresivamente, la elaboración del relato político migró desde los centros de organización comunitaria y sindical hacia las aulas universitarias, los centros de estudios y las plataformas digitales de élites intelectuales.
Este desplazamiento trajo consigo la adopción de un lenguaje hiperespecializado, cargado de abstracciones sociológicas, tecnicismos normativos y discusiones de nicho que resultan ajenas a la urgencia cotidiana. Cuando la comunicación política prioriza conceptos teóricos abstractos por sobre las vivencias materiales del territorio, la política pierde su capacidad pedagógica y se convierte en una conversación endogámica entre iniciados. El habitante de la periferia urbana no necesita una lección teórica sobre las contradicciones del modelo económico; requiere comprender cómo una política pública concreta va a aliviar el costo del transporte, mejorar la atención en el centro de salud de su barrio o evitar que su negocio familiar sea víctima de la delincuencia.
Quizás el error pedagógico más grave de la izquierda en las últimas décadas ha sido su incapacidad para dialogar constructivamente con el deseo del progreso individual de las familias trabajadoras. Al identificar todo impulso de superación personal o de iniciativa privada como un síntoma de “alienación neoliberal”, el discurso de izquierda terminó, inadvertidamente, antagonizando con la ética del trabajo y el esfuerzo popular.
En Latinoamérica, donde el Estado históricamente ha sido débil, ausente o capturado por élites, la población ha tenido que resolver su subsistencia a través de la iniciativa propia, la inventiva y el sacrificio personal. Cuando un trabajador informal escucha que el emprendimiento es una ilusión o una trampa del sistema, lo que percibe no es una crítica al modelo económico, sino un desprecio velado hacia el esfuerzo descomunal que realiza cada día para alimentar a sus hijos. La izquierda debe comprender que el deseo de prosperar y de tener autonomía económica no es una desviación ideológica, sino un anhelo profundamente humano y necesario.
Lo que no se transa
La necesidad de renovar el lenguaje ha generado a menudo un temor legítimo dentro de las filas del movimiento popular; el riesgo de que la adaptación discursiva derive en una moderación vacía, en una renuncia a las banderas históricas de transformación o en una asimilación acrítica a la lógica de mercado. Sin embargo, cambiar la forma de decir las cosas no equivale a cambiar el fondo de lo que se defiende.
La identidad del pensamiento de izquierda en América Latina no se define por la adhesión irrestricta a un glosario de términos del siglo XIX, sino por su matriz ética, comunitaria y emancipatoria. Esa matriz ha tomado diversas formas a lo largo de los siglos -desde las resistencias indígenas y las luchas anticoloniales, pasando por el pensamiento socialcristiano de base, hasta las grandes alianzas obrero-campesinas y los movimientos populares del siglo XX-. Lo que otorga continuidad y legitimidad histórica al proyecto de izquierda son sus valores de fondo, los cuales deben mantenerse estrictamente intransables.
Traducir para reencontrarse
La tarea estratégica del presente consiste en realizar un ejercicio de traducción política, tomar la matriz de valores históricos y expresarlas en términos que resuenen directamente en las vivencias, aspiraciones y preocupaciones del trabajador contemporáneo. No se trata de edulcorar el mensaje, sino de hacerlo inteligible y afectivamente cercano.
El concepto de lucha de clases, aunque descriptivo desde el punto de vista teórico, suele ser percibido por la población como una invitación al conflicto permanente o a una retórica de confrontación que no resuelve la urgencia del día a día. Por ello, el discurso debe centrarse en el valor social del esfuerzo y en el derecho a la tranquilidad. La gran mayoría de los trabajadores no busca la revolución social en su rutina diaria, busca que el fruto de su trabajo le alcance para vivir con dignidad, que su salario no sea devorado por la inflación y que su familia pueda proyectar un futuro sin la angustia constante de la quiebra financiera ante una enfermedad. Hablar de “garantizar la tranquilidad de las familias que se esfuerzan” permite impugnar los abusos del mercado financiero y la precariedad laboral desde una postura de empatía y protección, no de reproche moral.
La categoría de proletariado resulta extraña para quien gestiona un taller mecánico, maneja un vehículo de alquiler o vende productos por su cuenta. Estas personas se perciben a sí mismas como productoras, trabajadoras y generadoras de valor. Es necesario hablar del respaldo y la protección al que produce y trabaja. El centro de la crítica no debe ser el trabajo autónomo ni la búsqueda de ingresos independientes, sino el desamparo institucional en el que el modelo económico deja a esos trabajadores. De este modo, la izquierda no combate el impulso emprendedor, sino que se convierte en el aliado natural que exige derechos y pisos de protección para quienes ejercen ese esfuerzo.
El término colectivismo o la invocación del Estado evoca a menudo imágenes de burocracia ineficiente, trámites engorrosos y servicios públicos deficientes que tratan con frialdad al usuario. El concepto de lo colectivo debe traducirse a la ética del cuidado mutuo y la fortaleza de la comunidad. Se debe hablar de “cuidarnos entre todos”, de construir barrios seguros, de parques iluminados donde los niños puedan jugar, de escuelas donde los jóvenes aprendan y estén protegidos de la delincuencia y las adicciones, y de un sistema de salud que trate a los adultos mayores con la dignidad que merecen. Lo colectivo cobra sentido cuando se materializa en espacios tangibles de convivencia, seguridad y apoyo mutuo.
La denuncia del imperialismo, cuando se limita a consignas internacionales o a un lenguaje geopolítico abstracto, suele sentirse desconectada de los problemas locales del habitante común. En este sentido, la soberanía debe explicarse como la protección y aprovechamiento de los recursos propios para el bienestar de la gente. Significa explicar que el litio, el agua, la energía o la riqueza agrícola del país deben generar valor agregado, empleo de calidad e impuestos que se traduzcan directamente en mejores pensiones, infraestructura y escuelas locales. Soberanía es defender la capacidad de la patria para cuidar a su pueblo y garantizar que las futuras generaciones no tengan que emigrar para encontrar una vida digna.
Volver a hablar el idioma de la esperanza
La crisis de representatividad que atraviesa la izquierda en América Latina no es un destino inevitable ni el síntoma irreversible de una derrota cultural absoluta. Es, fundamentalmente, el resultado de una crisis de traducción. Durante demasiado tiempo, el movimiento de izquierda ha exigido que el pueblo aprenda su lenguaje académico para ser escuchado, en lugar de realizar el esfuerzo humilde y pedagógico de aprender el lenguaje del pueblo para poder representarlo.
Renovar el discurso no significa diluir las convicciones ni hacer concesiones al modelo de desigualdad vigente. La verdadera audacia política no consiste en repetir viejas fórmulas doctrinales para reconfortar a la propia militancia en la derrota, sino en tener el valor de adaptar la comunicación para construir mayorías sociales conscientes y transformadoras.
La historia del movimiento popular latinoamericano ha sido siempre una historia de creatividad y profunda vinculación con la religiosidad popular, la cultura local y la vida comunitaria. Es esa tradición de cercanía la que se debe recuperar.
La izquierda necesita dejar de hablar desde la distancia de la cátedra y comenzar a hablar desde la cercanía de la mesa familiar. Debe ser capaz de reconocer y valorar el esfuerzo individual del trabajador informal, el taxista o la pequeña comerciante, al mismo tiempo que les demuestra que ese esfuerzo solo será verdaderamente fructífero cuando esté respaldado por un Estado Social eficiente, una comunidad solidaria y un sistema de derechos garantizados.
Cuando el discurso de izquierda vuelva a nombrar con precisión las alegrías, las angustias y los anhelos del ciudadano común; cuando la palabra justicia vuelva a traducirse como un transporte público digno, un barrio seguro, una pensión justa y un médico a tiempo, y cuando el pueblo reconozca en la propuesta de la izquierda una herramienta útil y cercana para defender su vida diaria, el proyecto de transformación social volverá a encender la esperanza en el continente.

