Opinión: «Milei y la historia que Chile no debe olvidar»

Por Israel Freire, Ingeniero Mecánico

Javier Milei vino a Santiago a hablarnos de historia. Lo hizo para reivindicar una interpretación bastante particular de la historia reciente de Chile. Después del derrocamiento de Salvador Allende, según su relato, nuestro país habría entrado en un período de estabilidad y crecimiento que lo convirtió en la “envidia económica” de América Latina.

El problema es que Milei sabe poco de nuestra historia y parece conocer todavía menos de nuestra economía.

No es necesario defender cada decisión del gobierno de Salvador Allende, ni negar sus errores, sus profundas dificultades económicas o la polarización política de esos años, para responderle. Basta con recordar algunos hechos que su relato convenientemente omite.

Primero: el “socialismo” que Milei desprecia dejó una de las mayores riquezas de Chile en manos de todos los chilenos

El 11 de julio de 1971 ocurrió uno de los hechos económicos más importantes de nuestra historia: el Congreso Nacional aprobó por unanimidad la nacionalización de la Gran Minería del Cobre durante el gobierno de Salvador Allende.

No fue simplemente una decisión administrativa de un gobierno socialista. Fue una reforma constitucional aprobada transversalmente por el Congreso chileno.
Ese proceso dio origen a la Corporación del Cobre y posteriormente, en 1976, a Codelco como empresa estatal.

Desde entonces, Codelco se transformó en uno de los principales instrumentos mediante los cuales la riqueza minera de Chile retorna al Estado y financia políticas públicas.

El propio Codelco reconoce que desde la nacionalización ha entregado al Estado más de US$168.000 millones.

A eso en Chile le hemos llamado durante décadas “el sueldo de Chile”.

Entonces resulta bastante curioso escuchar a Milei hablar de la historia económica chilena como si el crecimiento posterior al golpe hubiera nacido exclusivamente de las ideas que él reivindica.

Porque hay una pregunta que Milei debería responder:

¿Qué habría sido del Estado chileno durante las últimas cinco décadas sin la decisión de nacionalizar el cobre?

Y hay otra todavía más incómoda:

¿Por qué una de las políticas económicas más trascendentales de la historia de Chile, que incluso sobrevivió a la dictadura de Pinochet, no merece una sola palabra en su relato sobre el éxito económico chileno?

Quizás porque no cabe fácilmente en su relato ideológico.

La historia económica de Chile es bastante más compleja que el libreto que Milei vino a contarnos.

Segundo: si vamos a hablar de “estabilidad y crecimiento”, hablemos también de 1982

Milei reivindica el período posterior al golpe como una etapa de estabilidad y crecimiento.

Pero parece haber olvidado un pequeño detalle, que en 1982 Chile vivió una de las peores crisis económicas de su historia moderna.

El PIB cayó un 14,3%. El desempleo llegó al 23,7% según Memoria Chilena, mientras otras mediciones que incorporan los programas de empleo de emergencia sitúan la desocupación efectiva por sobre el 30%. Cerca de 1.200 empresas quebraron y el sistema financiero terminó siendo intervenido.

El Banco Mundial ha descrito el período de manera todavía más contundente: entre 1982 y 1983 el PIB cayó alrededor de 16%, el rescate del sistema financiero tuvo un costo equivalente a entre 30% y 40% del PIB, el desempleo llegó aproximadamente al 30% y cerca de la mitad de la población quedó bajo la línea de pobreza.

Eso también forma parte del famoso “modelo chileno”.

Y mientras la economía se desplomaba, Chile seguía siendo una dictadura.

Las consecuencias sociales fueron enormes. El desempleo, la pérdida de ingresos y la pobreza golpearon especialmente a los sectores populares. La crisis dio origen a las protestas nacionales de los años 80 y a una creciente organización social contra el régimen.

Y aquí aparece la parte que Milei también parece olvidar.

A la crisis económica se sumó la represión política.
En las protestas contra la dictadura hubo violencia estatal, detenciones, torturas y asesinatos. La respuesta del régimen frente al creciente descontento no fue precisamente más libertad.

Fue represión.

Por eso resulta extraordinario que Milei pueda hablar de aquel período como si hubiese sido una larga experiencia de estabilidad y prosperidad.

¿Estabilidad para quién?
¿Para las familias que perdieron su empleo?
¿Para los trabajadores que vieron caer sus ingresos?
¿Para quienes debieron recurrir a las ollas comunes?
¿Para quienes fueron detenidos, torturados o asesinados por oponerse a la dictadura?

La historia económica no puede separarse de la historia social.
Y la historia social no puede separarse de la democracia.

Tercero: reivindicar el golpe de Estado es mucho más que una opinión sobre Pinochet

Este es quizás el punto más grave.

Milei no vino simplemente a defender determinadas políticas económicas implementadas durante la dictadura. Vino a reivindicar políticamente el período que comenzó con el derrocamiento de un gobierno constitucional.

Eso debería preocuparnos, porque un golpe de Estado no es una política económica, no es una reforma tributaria, no es una discusión sobre el tamaño del Estado, no es una diferencia entre socialismo y liberalismo, es la ruptura de la democracia.

Se puede estar en desacuerdo con Allende, see pueden cuestionar sus políticas económicas, se puede criticar la nacionalización de empresas, se puede cuestionar la conducción política de la Unidad Popular.

Todo eso forma parte de una democracia. Lo que no puede aceptarse como una alternativa legítima es que, cuando un gobierno democrático fracasa o comete errores, la solución sea que los militares entren al poder y eliminen las instituciones democráticas.

Porque si aceptamos esa lógica, entonces la democracia deja de ser un principio y se convierte simplemente en un mecanismo utilitario: sirve mientras el resultado electoral nos gusta.

Y ahí es donde las palabras de Milei dejan de ser un problema exclusivamente chileno.

Porque Milei no es un comentarista extranjero.

Es el presidente de la República Argentina.

Cuando un presidente reivindica un golpe de Estado ocurrido en otro país, está diciendo algo sobre su propia concepción del poder.

Y eso debería preocupar especialmente a los argentinos, incluso más que a nosotros. Porque ningún pueblo está libre de atravesar crisis económicas, conflictos sociales, polarización política o gobiernos que cometan errores.

La pregunta verdaderamente importante es qué hacemos cuando eso ocurre. ¿Más democracia o menos democracia? ¿Más instituciones o menos instituciones? ¿Más deliberación o más autoritarismo?

La experiencia chilena ya respondió esa pregunta.
Allende llegó al poder mediante elecciones.
Pinochet llegó al poder mediante las armas.

Y cuando finalmente los chilenos tuvieron la oportunidad de decidir, en el plebiscito de 1988, dijeron NO a la continuidad de Pinochet con el 54,7% de los votos.

No lo derrotó una revolución, no lo derrotó una guerrilla, no lo derrotó un ejército extranjero. La gente plantada en la calle, lo termino derrotando a través de los votos.
Y quizás esa sea la parte de la historia chilena que Milei debería estudiar con mayor atención.

Chile no es importante porque un dictador haya impuesto un modelo económico, Chile es importante porque, después de una de las experiencias más traumáticas de nuestra historia, los chilenos recuperamos la democracia y decidimos resolver nuestras diferencias mediante el voto y no mediante las armas.

Milei puede tener las ideas económicas que quiera.

Milei puede defender el libre mercado, admirar a los Chicago Boys y criticar a Allende, todo eso es legítimo dentro de una democracia.

Pero reivindicar un golpe de Estado es otra cosa, esto significa relativizar la ruptura de las instituciones y la voluntad popular. Y eso debería preocupar especialmente a Argentina, un país que conoce demasiado bien el costo de los golpes y las dictaduras.

Cuando un Presidente reivindica el derrocamiento de un gobierno constitucional, deja de ser solamente una opinión sobre la historia de otro país. Está mostrando cuál es su concepción de la democracia y cuáles son, eventualmente, los límites que está dispuesto a aceptar.

Ninguna crisis económica, ningún conflicto político ni ninguna diferencia ideológica puede justificar reemplazar los votos por las armas. Por eso, la reivindicación de Pinochet no es un asunto exclusivamente chileno: es una señal de alerta para toda América Latina.

Milei no representa solamente una determinada visión económica; representa una corriente política que intenta normalizar nuevamente el autoritarismo.
Y cuando esa corriente llega al gobierno de uno de los países más importantes de la región, el riesgo deja de ser local.

Milei, al reivindicar el golpe de Estado en Chile, demuestra que es un peligro para la democracia regional y, principalmente, para Argentina y su pueblo.

La democracia no se defiende después del golpe. Se defiende antes.

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