Por Andrea Bluck Muñoz, MIRA Observatorio Legislativo Feminista
Cada 11 de septiembre, vuelve a la memoria de Chile una de las fracturas más profundas de nuestra historia. El golpe de Estado de 1973 significó el quiebre de la democracia y del Estado de Derecho, y abrió un período marcado por graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos. Recordarlo es un deber de memoria, pero también una responsabilidad con el presente.
Hoy las amenazas a la democracia no necesariamente adoptan las formas que conocimos durante el siglo XX. La experiencia comparada y la literatura sobre erosión democrática, muestran que las democracias también pueden debilitarse lentamente desde dentro, incluso bajo gobiernos que llegaron al poder mediante elecciones y respetando, al menos inicialmente, sus procedimientos formales.
Ese es precisamente el riesgo. El deterioro democrático rara vez comienza con la supresión completa de las libertades. Puede avanzar mediante la concentración progresiva del poder, el debilitamiento de los contrapesos, la relativización de derechos o la normalización de medidas que tensionan los límites de una democracia liberal. Cada episodio, considerado aisladamente, puede parecer insuficiente para encender las alarmas. Su acumulación es lo que termina erosionando las instituciones.
Chile no está exento de estas tensiones. La reciente presentación de una iniciativa en materia de seguridad, cuestionada ampliamente por contener elementos considerados iliberales, nos recordó que los límites al poder deben defenderse antes de que su debilitamiento se normalice. Que las instituciones hayan reaccionado es una buena señal. Creer que por ello podemos dejar de estar atentos, sería un error.
Para las mujeres esta vigilancia adquiere una dimensión adicional. Los retrocesos democráticos suelen ir acompañados del resurgimiento de concepciones que restringen nuestra autonomía, cuestionan derechos conquistados y buscan reinstalar roles tradicionales que creíamos superados. La historia nos enseña que los derechos de las mujeres nunca deben darse por irreversibles.
A 53 años del golpe de Estado, nuestro compromiso con el “Nunca Más” no puede consistir únicamente en impedir que se repita exactamente el pasado. También exige aprender a reconocer las nuevas formas que puede adoptar el autoritarismo.
Como sociedad civil, nuestro deber es mantenernos alerta. Defender los derechos humanos, el Estado de Derecho y los límites al poder, venga de donde venga la amenaza. Porque la democracia no solo puede perderse de golpe. También puede perderse poco a poco, cuando dejamos de defenderla.
La separación de poderes no existe para hacer más lento al Estado. Existe para impedir que una sola voluntad pueda convertirse en el Estado. Por eso, la invitación es a mirar los proyectos de ley que discutimos hoy con memoria democrática: preguntarnos qué poder entregan, qué derechos pueden afectar y qué contrapesos establecen. Y, sobre todo, preguntarnos si aceptaríamos esas mismas facultades, si mañana fueran ejercidas por alguien con quien no estamos de acuerdo.
El autoritarismo rara vez se presenta diciendo que viene a destruir la democracia. A menudo llega ofreciendo orden, seguridad o soluciones rápidas.
El aprendizaje del 11 de septiembre no debiera ser solamente “nunca más un golpe de Estado”.
También debiera ser: Nunca más una democracia sin contrapesos. Nunca más un Estado sin límites. Nunca más derechos cuya protección dependa de quién tenga el poder.
Porque la democracia no se defiende solamente cuando está en peligro. Se defiende, sobre todo, cuando todavía podemos elegir no ponerla en riesgo.

