Por Ivo Gonzalez y Nataly Campusano Díaz
Como militante del Frente Amplio y parte de una generación que ha buscado construir una izquierda democrática, transformadora y profundamente comprometida con la justicia social, creo que debemos asumir una discusión que no podemos seguir postergando: ¿cuál es el proyecto que queremos ofrecerle a Chile y a América Latina para las próximas décadas? La pregunta es especialmente urgente cuando la ultraderecha avanza en distintos lugares del mundo. Su crecimiento no puede explicarse solamente por la capacidad de sus discursos o por el aprovechamiento de los temores sociales. También interpela nuestras propias insuficiencias. Cuando la izquierda no logra ofrecer certezas sobre el futuro, otros ocupan ese espacio. Cuando no tenemos una hoja de ruta clara frente a los cambios que vienen, la incertidumbre puede terminar transformándose en miedo, y el miedo, en una oportunidad para proyectos que prometen respuestas simples frente a problemas complejos.
El mundo cambió. La inteligencia artificial está transformando el trabajo, la producción y la educación; las grandes potencias disputan tecnología, energía, minerales estratégicos, rutas comerciales e influencia geopolítica. Y mientras eso ocurre, la izquierda muchas veces continúa utilizando categorías construidas para otro tiempo. También cambió el sujeto social. Ya no podemos pensar únicamente en el trabajador industrial del siglo XX. Hoy existe una sociedad marcada por la precarización, el trabajo de plataformas, profesionales endeudados, trabajadores de servicios, técnicos, emprendedores, trabajadores de cuidados y personas cuyos empleos serán transformados por la automatización. La izquierda debe comprender a este nuevo sujeto, escuchar sus incertidumbres y construir con él un proyecto que vuelva a conectar transformación social con esperanza.
La inteligencia artificial es parte central de este desafío. La próxima gran desigualdad no será solamente entre quienes poseen capital y quienes viven de su trabajo, sino también entre quienes controlan la tecnología, los datos y el conocimiento y quienes simplemente los consumen. Para América Latina existe el riesgo de repetir una historia conocida: ser proveedores de materias primas para una nueva revolución industrial. Tenemos cobre, litio, energía, biodiversidad y una posición privilegiada en el Pacífico, pero seguimos capturando una parte limitada del valor que generan nuestros recursos. Por eso la izquierda debe atreverse a discutir un nuevo modelo de desarrollo. No se trata de cerrarnos al mundo ni de rechazar la inversión o el comercio internacional. Se trata de preguntarnos qué queremos producir, qué conocimiento queremos desarrollar y qué lugar queremos ocupar en el mundo.
Chile tiene una oportunidad estratégica. Nuestra posición en el Pacífico, nuestros puertos y nuestros recursos naturales adquieren una relevancia creciente en un escenario marcado por la competencia entre Estados Unidos y China y por la reorganización de las cadenas globales de suministro. Valparaíso y San Antonio no son solamente infraestructura económica: pueden ser parte de una estrategia geopolítica nacional y de una nueva relación de Chile con el mundo. Por eso necesitamos una izquierda que vuelva a pensar en grande. Una izquierda que defienda derechos sociales, pero que también hable de productividad, ciencia, tecnología, infraestructura, energía, industria y política exterior. Una izquierda que comprenda que la soberanía del siglo XXI también será tecnológica, económica y productiva.
Y esa discusión no puede quedarse dentro de nuestras fronteras. América Latina necesita construir capacidades comunes en infraestructura, energía, minerales críticos, ciencia, tecnología e inteligencia artificial. La integración latinoamericana debe dejar de ser solamente un discurso diplomático y convertirse en una estrategia para aumentar nuestra autonomía y nuestra capacidad de negociación frente a un mundo cada vez más competitivo. Frente a la ultraderecha, nuestra respuesta no puede ser solamente resistir. Tampoco basta con administrar mejor el presente. Necesitamos volver a ofrecer un horizonte. Una sociedad más justa, democrática y sostenible requiere un proyecto capaz de combinar igualdad con crecimiento, derechos con productividad, desarrollo con sostenibilidad y apertura al mundo con autonomía estratégica.
La izquierda no puede tenerle miedo al futuro. Debe disputarlo. Ese es, quizás, uno de los principales desafíos del Frente Amplio y del progresismo: demostrar que transformar Chile no significa solamente corregir las injusticias del presente, sino también construir las capacidades que nos permitan decidir nuestro lugar en el mundo que viene. Porque si la izquierda no construye una hoja de ruta propia, otros la construirán por nosotros. Y si queremos enfrentar el avance de la ultraderecha, no basta con decir aquello a lo que nos oponemos. Tenemos que ser capaces de decir, con claridad y convicción, hacia dónde queremos llevar a Chile y a América Latina.

