Opinión: «El relato de gobernar cuando llueve»

Por Jaime Cano Carrasco, Profesor de Historia, Licenciado en Historia y Educación.

Los segundos pisos en La Moneda fueron una invención de Ricardo Lagos cuando empezó a darle importancia al sociólogo Eugenio Tironi en el apoyo de su gestión. Previo a eso, la argumentación de la toma de decisiones se apoyaba en los propios ministros que, en una triada entre Presidencia, Interior y Segegob pensaban, decidían y actuaban. Desde Lagos hasta Boric nos trasladamos de presidentes que consultaban al segundo piso  todas sus decisiones antes de tomarlas y de quienes las tomaban primero y luego las validaban comunicacionalmente con el cuerpo de asesores.

El gobierno actual parece no tener ni lo uno ni lo otro. Desde la conformación de sus equipos políticos, el enfoque de los asesores de Kast fue puesto en premiar la prescindencia política y la cercanía personal. Nombró a un amigo histórico como jefe de asesores, y claramente ni él ni Cristian Valenzuela han sabido encausar las intenciones y las acciones del mandatario.

El primer día de gobierno mediante carta al director cuestioné que la primera actividad del mandatario fuera con niños, usados como lugar común de una ideología que privilegia el rol de la familia tradicional y funcional al pensamiento conservador y pinochetista de Kast. Sin embargo, entre esa carta y esta columna, se va disipando el recuerdo del episodio en el presidente de la republica increpa en duros términos a un menor de edad, diluyendo su discurso y reforzando mi argumento.

Hace unos días atrás fue noticia el proyecto de ley hiper ideologizado que obliga a las madres a cuestionar la intención de abortar -adivine cómo- usando como excusa a un “niño”.

Lo que queda para el comentario y análisis posterior es que la ideología le gana al relato de gobernar. Una convicción inquebrantable moviliza los actos de gobierno por sobre la eficiencia de una política publica bien ejecutada. Muestra de aquello es la aparición con chaqueta camuflada de la primea autoridad del país prometiendo avanzar en los estados de emergencia que sean necesarios para controlar la crisis provocada por las intensas precipitaciones. Horas después su gestión descansa en un Máximo Pávez presente una o dos veces al día y los ministros y seremis desplegados al voleo y sin definiciones claras en distintos puntos.

Las poblaciones más afectadas llevan más de veinte y cuatro horas sin energía y a nadie, salvo los municipios, parece importarles. A mayor abundamiento, el ministro de defensa se encuentra en Hawái, de lo que deberá dar cuenta cuando vuelva. Mientras tanto, el Chile de barro y techos de zinc se desmorona.

El buen relato de gobernar, apoyado en un segundo piso solido o en ministros que dominan su campo, está ausente en este ciclo político. Y las consecuencias están a la vista -poco despliegue comunicacional del mandatario solo para decir frases llenas de sentido común y cero políticas; a su vez la misma coalición de gobierno comportándose como oposición tanto en sentido de crítica, como de reforzamiento del fanatismo emanado del circulo de Kast.

La falta de relato es tal, que se evidencia hasta en el rol de los biministros, exponiendo  que no son capaces de proponer ni determinar cursos de acción en ninguno de los campos en los que lideran sus carteras.
La lluvia intensa, el desmoronamiento del Chile precario, el colapso de los servicios públicos básicos y la ausencia de liderazgo en medio de la tormenta nos muestra como ciudadanos que no basta con rezar, exaltar fanatismos ni culpar al gobierno anterior para construir un relato de gobierno coherente.

El guion de este gobierno se construyó en la campaña electoral, como tenia que ser para ganar la elección, pero se quedó corto. Desde el 11 de marzo a la fecha persisten los títulos de planes sin desarrollar, la manifestación de enemigos internos y externos que residen en el predecesor del actual presidente y el mantra conocido por todos que siembra la esperanza incierta del “todo va a estar bien”.

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