Por Sebastián Hidalgo Retamal, bajista, compositor y socio cooperativa ajuste de cuentas sello musical
Hoy: La Vida Era Más Corta – Milo J, 2025, Sony Music Latin.
La información en los libros no está preprogramada en el nacimiento,
sino que cambia constantemente,
está enmendada por los acontecimientos,
adaptada al mundo.
Carl Sagan, Cosmos, 1986
De pequeño, la policía de la música nos decía lo que era bueno y malo, que el Nü-Metal no era Metal y ahora vemos como Korn en el nacional este año se transformó en un rito de catarsis generacional para más de sesenta mil almas; que el Raga, el Reggaeton o lo Urbano era una moda pasajera como el Axé y acá estamos, veinte años después viendo como la evolución del género a producido figuras y tendencias mundiales desde el sur del mundo.
Gavin Harrison – baterista de Porcupine Tree, King Crimson y otras instituciones progresivas – comentaba en alguna entrevista que no existía buena o mala música a nivel de estilos, sino que el problema era en su ejecución, y eso hace preguntarme: ¿habré comenzado a transformarme yo en un dinosaurio-tru-policía musical? Y en el ejercicio de esa pregunta me he encontrado con grandes cosas que no pertenecen precisamente a mis gustos tradicionales.
Existe un prejuicio bastante extendido respecto de la música urbana contemporánea: la idea de que representa una ruptura con la tradición donde la pistas han reemplazado al instrumento, que el autotune ha arruinado al canto y la computadora a sustituido a la experiencia colectiva de hacer música. Sin embargo, quizás la inquietud correcta no sea qué desapareció, sino qué logró sobrevivir.
Milo J desde los primeros acordes – si acordes – nos deja ver que aquí no son solo beats y ritmos lo que se propone, sino más bien, un viaje por sensibilidades y formas propias del folklore y la tradición musical de Argentina.
¿Cómo sobrevive una cultura cuando cambian sus formas de expresión?
«No es la repetición la que produce la diferencia,
sino la diferencia la que produce la repetición.»
— Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, 1968
Béla Bartók – Quien (entre otros) también fuese influencia de un loco que vino a cambiar el tango llamado Piazzolla – dedicó buena parte de su vida a recorrer pueblos registrando canciones campesinas. Lo que descubrió fue algo profundamente revolucionario: el folclore no era un museo de melodías antiguas sino una manera particular de respirar el tiempo. La tradición no vivía en las partituras vivía en las diferencias de cada localidad que cantaba la misma melodía con distintas interpretaciones y escalas.
Milo J en Bajo la Piel parte con unas cuerdas muy andinas en arpegios para dar paso a un ritmo de 3:2 en bombo legüero sobre un ensamble de cuerdas tocando tango y nos habla de los tatuajes bajo la piel que pareciesen ser el legado de las generaciones que lo anteceden. El tema va y viene en intensidades, del tango a sintetizadores digitales, silencios, cantos y modulaciones, marcando la tendencia del disco: un viaje por la memoria musical de un país reinterpretado por un joven de 19 años con su lenguaje y sus formas.
El disco continua y de inmediato escuchamos Niño, un tema terrible, en el buen sentido, un tema que te desmorona por la realidad que canta, un padre despidiéndose, un asumir que no hay vuelta a la muerte y de las esperanzas que ponemos en nuestros deudos, la esperanza en que nuestra descendencia será mejor que nosotros, pese al hambre, pese a la falta de herramientas, pese a la marginalidad, la pobreza, un intento de querer romper el círculo de la violencia.
“Niño, soy un hombre con tristeza. Sé del peso en tu verdad: escaparte por robar porque robás para cenar. Vi tus dedos en el barro con olor a libertad, sé que te querés dormir pa no volver a despertar”
Es increíble que esta profundidad la haya escrito un joven que actualmente tiene 19, la locura según Piglia: el exceso de realidad y no su ausencia.
Mi destino sobre el río es derivar
La persistencia de la memoria latinoamericana recorre el disco, escuchamos Bossa en Ama de tu Sol con una referencia a Giros de Fito Páez al inicio del tema, luego en Solifican12 guitarras, charangos y quenas mientras rescata el motivo “en tus brazos” del tema anterior; más tarde en la chacarera Lucía canta con Soledad quien fuese en los noventa el puente entre la tradición folclórica y las nuevas generaciones siendo simbólicamente una entrega de posta.
No quiero ser insistente en esto, pero cerrando el disco aparecen colaboraciones con el gran trovador Silvio Rodriguez en Luciérnagas para luego cerrar con Jangadero una colaboración post mortem con Mercedes Sosa, la negra, que a la primera logra la toma y nos recuerda que la vida es devenir y derivar “con el anhelo del agua que se va”, se hace explicita la hibridación cultural, en este disco habitan los ya citados juntos con nombres tan heterogéneos como Nicki Nicole, Akriila, Trueno, Radamel, Cuti y Roberto Carabajal generando continuidad transformadora en el relato.
“Te veo, te sueño y te extraño”
Escuchar La vida era más corta nos obliga entonces a abandonar una pregunta demasiado pequeña: ¿Es esto folclore? Para reemplazarla por otra mucho más interesante: ¿Qué memorias siguen respirando aquí?
“Llora, llora, que estás lejos de casa. Llora, llora porque el tiempo se pasa”
Y tal vez esa sea la verdadera función del arte popular: no conservar intacto el pasado, sino impedir que ciertas experiencias humanas desaparezcan. Porque las culturas no sobreviven en los museos, sobreviven en los cuerpos y estos incluso cuando olvidan las palabras, rara vez olvidan el ritmo.
La historia de la música occidental suele escribirse desde la armonía y la melodía. Sin embargo, mucho antes de existir la escritura musical ya existía el ritmo y este nos vincula y nos hace vivir en comunidad, en la danza, en el trabajo conjunto, donde existe el golpe repetido sobre la tierra, porque el ritmo pertenece a una región más antigua a la teoría musical, pertenece directamente al cuerpo y el cuerpo recuerda antes que lo consciente donde reside.
Por eso ciertas músicas nos resultan familiares incluso cuando nunca las hemos escuchado. Dado que reconocemos “un algo” en ellas que parece anterior al aprendizaje, como si determinadas formas de desplazar el acento, retrasar la frase o suspender la resolución hubieran permanecido esperando silenciosamente dentro de nosotros.
“Hoy recordé la melodía que sonaba cuando sonreía, pero no puedo volver a sacar la sal de mis heridas”
las culturas no sobreviven conservando intactos sus instrumentos ni sus géneros, sobreviven cuando sus ritmos encuentran nuevas formas de seguir respirando. No estamos frente a la desaparición de una tradición, estamos frente a una tradición aprendiendo un nuevo idioma.
La persistencia de la memoria
Quizás la música popular latinoamericana haya hecho con la tradición algo parecido a los relojes derretidos de Dalí: Las formas se deformaron, los instrumentos cambiaron, los géneros se mezclaron para poder permanecer con nuestra manera particular de sentir el tiempo y de habitar el cuerpo.
Siento que es por eso por lo que el disco emociona tanto, porque bajo las capas de producción contemporánea todavía parece escucharse algo muy antiguo, algo que viene caminando con nosotros desde hace mucho, en la radio am, en el cantor popular, en la música del viaje en locomoción colectiva, antes que los géneros, las plataformas y los algoritmos nos bombardearan con lo correcto: El sonido de una comunidad intentando recordar quién es mientras aprende una nueva manera de decirlo.
“Ya no sé volver, llano vi el jardín, tengo el pecho muy caliente y no aprendí a morir. Ya soy, ya fui, mi alma está con vos, se hizo dueña de algún trozo de mi corazón […] No estoy muero, no estoy muerto, no estoy”

