Por Israel Freire, Ingeniero Mecánico.
A poco más de cien días de la instalación de las nuevas autoridades, el diseño estratégico de la actual coalición oficialista comienza a exhibir fisuras que ya no pueden explicarse por la habitual fricción ideológica. El problema parece ser de una magnitud mayor, la ausencia de una conducción política clara y la persistencia de una lógica de campaña que continúa imponiéndose sobre las responsabilidades propias del ejercicio del poder.
El fenómeno no es nuevo en la política comparada, pero adquiere una dimensión especialmente delicada cuando se observa el rol que ha asumido José Antonio Kast al interior de la alianza gobernante. Los votos pueden abrir la puerta al poder, pero jamás reemplazan el liderazgo. Este se construye ordenando a los propios, arbitrando diferencias y fijando un rumbo común. Es precisamente ahí donde Kast parece estar fallando. Su incapacidad para transformarse en el conductor efectivo de su coalición ha dejado un vacío que nadie ha logrado llenar, trasladando la desorientación interna a la conducción del país y profundizando una gobernabilidad que ya se advertía frágil desde el primer día.
El principal síntoma de esta falta de liderazgo es la incapacidad colectiva para abandonar el chip electoral. En política existe un período razonable de instalación, uno o dos meses, durante el cual resulta legítimo auditar la herencia recibida y contrastar el punto de partida con la administración anterior. Ese plazo ya terminó.
Sin embargo, la estrategia impulsada por el sector republicano continúa atrapada en una campaña que parece no acabar nunca. La insistencia en mantener el foco sobre la gestión del expresidente Gabriel Boric y la permanente necesidad de seguir confrontando al gobierno saliente mediante herramientas de alto costo político, como la reciente acusación constitucional contra el ministro Nicolás Grau, reflejan una prioridad equivocada: mantener movilizada a la base más dura antes que construir gobernabilidad.
Ese tipo de ofensivas puede ser rentable cuando se compite por el poder. Gobernando, en cambio, termina evidenciando una preocupante falta de conducción. Porque un liderazgo sólido sabe cuándo confrontar y cuándo gobernar. Kast, hasta ahora, parece mucho más cómodo en el primer escenario que en el segundo.
La ciudadanía no espera una campaña permanente ni una búsqueda interminable de culpables. Espera soluciones, certezas y capacidad para administrar el Estado.
Esta parálisis tampoco pasa inadvertida dentro del propio conglomerado. Por el contrario, las diferencias internas comienzan a hacerse cada vez más visibles, dejando en evidencia dos almas que avanzan en direcciones opuestas.
Por un lado, el sector alineado con Republicanos insiste en una estrategia de confrontación permanente, refugiándose en consignas de alta rentabilidad comunicacional y propuestas de fácil consumo político que fortalecen a su electorado más fiel, pero reducen considerablemente el margen para construir acuerdos legislativos.
Por otro lado, en Renovación Nacional han intentado empujar una agenda más orientada a la gobernabilidad. Desde ese sector existe conciencia de que gobernar exige dialogar, construir puentes con el aparato estatal existente y levantar agendas realistas que permitan avanzar en seguridad, crecimiento económico y estabilidad institucional.
El problema es que, ante la ausencia de un liderazgo capaz de equilibrar ambas visiones, la balanza termina inclinándose sistemáticamente hacia la posición más rígida. Kast no solo parece incapaz de ordenar a su coalición; también transmite la impresión de que simplemente ha optado por escuchar únicamente a quienes piensan como él. Ese estilo puede servir para conducir un partido. Difícilmente alcanza para conducir una alianza de gobierno.
El resultado es una coalición que comienza a fragmentarse, donde las voces moderadas pierden espacio y la improvisación reemplaza progresivamente a la planificación política.
Gobernar nunca ha sido la extensión de una campaña por otros medios. Exige abandonar el discurso que divide para construir la arquitectura institucional que sostiene los acuerdos.
Cuando una coalición se consume en sus disputas internas y concentra su energía en prolongar el conflicto con sus adversarios, el costo termina pagándolo el país. Sin conducción política, las prioridades legislativas se vuelven erráticas, la agenda pública queda subordinada al impacto del titular diario y las reformas de fondo continúan postergándose.
Chile atraviesa un período que exige pragmatismo, capacidad de negociación y liderazgo político. El margen de error es mínimo. Persistir en una lógica performática de acusaciones, eslóganes y confrontación permanente solo aleja al oficialismo del centro político y de las preocupaciones reales de las familias chilenas.
José Antonio Kast construyó su liderazgo denunciando las falencias de otros gobiernos. Hoy enfrenta una prueba distinta: demostrar que también es capaz de conducir el propio. Hasta ahora, esa capacidad sigue siendo la principal deuda de su sector.
Porque ganar una elección no convierte automáticamente a alguien en líder de una coalición, y cuando quien debe conducir no logra ordenar a los suyos, la incertidumbre deja de ser un problema interno para transformarse en un problema de Estado.
La instalación terminó hace semanas. Lo que aún no comienza, al parecer, es el LIDERAZGO.

