Opinión: «Una nueva esperanza»

Por Felipe Rojas C., Trabajador Social


En el escenario actual, las democracias liberales atraviesan una crisis que trasciende lo meramente coyuntural, institucional y electoral; se trata de una fractura de carácter eminentemente ontológico. El orden y correlación política global, articulado bajo las premisas del consenso tecnocrático, el pluralismo procedimental y la globalización económica, asiste al avance sostenido de fuerzas políticas de corte populista y de ultraderecha.

Estas corrientes no operan como meras disidencias dentro del entramado democrático liberal, sino como agentes que impugnan la esencia misma, el ser, del contrato social actual.

Ante este panorama, las respuestas institucionales tradicionales han demostrado ser insuficientes, cuando no contraproducentes. La presente columna parte de la hipótesis de que el ascenso de los populismos de ultraderecha pone en jaque las estructuras ontológicas de la democracia liberal al suprimir la lógica del pluralismo y sustituirla por antagonismos identitarios excluyentes. Asimismo, se puede dar cuenta que este fenómeno es el resultado directo del vaciamiento social y la despolitización inherentes al modelo liberal-neoliberal.

El Chile contemporáneo es, en este sentido, un laboratorio paradigmático, la clausura institucional de la soberanía popular que abrió el ciclo social de 2019, sumada a la incapacidad del sistema político tradicional para canalizar las demandas estructurales a través de los sucesivos fracasos constitucionales, terminó por asfixiar el deseo de transformación estructural y pavimentar el camino para el retorno del orden conservador y el avance electoral de la ultraderecha. La incapacidad de la partidocracia tradicional para destrabar reformas estructurales (pensiones, salud, tributario) provocó una profunda fatiga democrática. Este hastío ciudadano frente a un procedimentalismo institucional inerte e incapaz de dar respuestas materiales, es el que terminó pavimentando el camino para la contraofensiva de discursos autoritarios y el avance electoral de la ultraderecha local. Por consiguiente, ante la derrota práctica y discursiva de la vertiente liberal, la única alternativa histórica y analítica viable consiste en agudizar y profundizar los procesos de democracia participativa dentro de los movimientos populares. Se comprende así a la democracia participativa no como un mero complemento procedimental, sino como también un dique de contención ideológica y material frente a la deriva autoritaria.

La crisis de la democracia liberal y el ascenso de la ultraderecha.

Para comprender el impacto de la nueva ultraderecha (que no es tan nueva), es imperativo analizar cómo sus estrategias discursivas atacan los cimientos conceptuales de la democracia liberal. El modelo liberal se fundamenta en la coexistencia de la diversidad, el respeto irrestricto a las minorías y la canalización institucional del conflicto a través del debate racional. Sin embargo, el populismo de derecha opera mediante una lógica de homogeneización radical del cuerpo político.

Como señala Müller en su obra, ¿Qué es el populismo?, “además de ser antielitistas, los populistas son siempre antipluralistas. Sostienen que ellos, y sólo ellos, representan al pueblo auténtico y moralmente puro.

Esta afirmación de representación exclusiva altera la ontología democrática: si solo el líder y sus seguidores son “el pueblo”, cualquier oposición o disidencia es automáticamente despojada de sus legitimidad civil y catalogada como “enemiga de la patria”. El pluralismo a priori se transforma de este modo en una guerra de identidades absolutas. En el debate nacional, esta dinámica se observa con nitidez en la instrumentalización mediática y política de la crisis de seguridad pública y el fenómeno de la migración desregulada. La ultraderecha ha edificado un relato punitivo radical que traza una frontera moral absoluta, un “nosotros” encarnada en el chileno honesto y trabajador, contrapuesto a un “ellos” criminalizado, donde se mimetiza al migrante, al delincuente y a las diversidades en una sola amenaza civilizatoria. Así, la deliberación racional es sustituida por el pánico moral y la exigencia de un estado de excepción permanente.

Por su parte, Mouffe sostiene que esta irrupción es la consecuencia directa de los intentos del propio liberalismo por erradicar el conflicto de la esfera pública. En “En torno a lo político”, Mouffe argumenta que la ilusión del consenso centrista y la supuesta “superación” de las fronteras políticas tradicionales terminaron por despolitizar a las sociedades. Al cancelarse los canales legítimos para la expresión de diferencias socioeconómicas, las pasiones colectivas fueron reactivadas por la ultraderecha bajo coordenadas morales y xenófobas.

“Cuando falta un cauce democrático para las pasiones políticas, estas adoptan formas que ponen en peligro las instituciones democráticas, manifestándose a través de antagonismos de carácter étnico, religioso o nacionalista” Mouffe.

La ultraderecha, por tanto, ofrece una ontología política alternativa, frente al vacío del consenso liberal, edifica un “nosotros” nacionalista y excluyente contrapuesto a un “ellos” que encarna a las élites, las diversidades y los migrantes.

El vacío democrático y los límites del modelo representativo.

La vulnerabilidad del modelo liberal no se debe a un fallo exógeno, sino a sus propias contradicciones internas y su progresiva fusión con la racionalidad económica liberal. Durante las últimas décadas, las decisiones fundamentales del Estado fueron delegadas a organismos técnicos transnacionales y mercados financieros, sustrayéndolas del control ciudadano y reduciendo las elecciones a un mero ritual cosmético, por tanto, el neoliberalismo no es solo un modelo económico, sino una racionalidad gubernamental que asimila todas las esferas de la existencia a la métrica del mercado, provocando una aguda desdemocratización.

“El neoliberalismo asalta los principios, las prácticas, las culturas y las instituciones de la democracia, vaciando de contenido al sujeto soberano, el demos, al transformarlo en mero homo economicus” W. Brown.

Al quedar el sujeto despojado de su capacidad de agencia política y transformado en un consumidor atomizado, el lazo social se disuelve. En Chile, las contradicciones del Estado subsidiario han quedado al desnudo tras la crisis terminal del sistema de isapres y el desplome de la promesa del bienestar privatizado. Al verse abandonado a la intemperie económica, el ciudadano-consumidor atomizado experimenta la vulnerabilidad ya no como una injusticia política, sino como una angustia existencial individual. Es precisamente ahí donde la ultraderecha comparece con éxito, ante el desmantelamiento de lo público y el fracaso de la centroizquierda institucional para construir seguridades, el populismo reaccionario ofrece la falsa certeza del orden autoritario, la mano dura y el repliegue identitario. La democracia liberal pierde su legitimidad material porque es incapaz de garantizar derechos sociales mínimos ni de ofrecer certezas existenciales frente a la precariedad económica. Por ello, las democracias contemporáneas rara vez sucumben ante golpes de Estado militares, por el contrario, colapsan desde su propio interior debido a la erosión gradual de las normas de convivencia (Contrato social), que sostenía el entramado liberal. Cuando los gobiernos de ultraderecha acceden al poder mediante elecciones, utilizan las propias herramientas constitucionales para desmantelar los contrapesos republicanos, evidenciando que el procedimentalismo liberal carece de anticuerpos ontológicos cuando la fe en sus instituciones se ha evaporado.

La Alternativa Popular

Ante la evidente capitulación histórica y material de la democracia liberal para frenar el avance reaccionario, surge el imperativo de agudizar y profundizar los procesos deliberativos y resolutivos de los sectores populares. No se trata de restaurar el viejo orden institucional deficitario, sino de trascenderlo mediante la implantación de la democracia participativa como un eje de resistencia y reconfiguración social.

Boaventura de Sousa Santos, establece con claridad que el combate contra el “fascismo social” engendrado por el capitalismo tardío y las nuevas derechas pasa necesariamente por descentralizar el poder y devolverlo a los territorios.

“La democracia participativa no debe ser vista como una alternativa utópica ajena a la realidad, sino como una necesidad urgente de profundizar la intensidad democrática allí donde la representación institucional ha dejado un vacío que es usufructuado por las fuerzas autoritarias” Boaventura de Sousa Santos.

Traducido a la actualidad contemporánea chilena, este imperativo implica disputar el sentido de lo común frente al avance del control por parte de sectores ultraderechistas y la atomización inducida por el miedo. Mientras la ultraderecha promueve el encierro vecinal y la delegación de la seguridad en lógicas policiales represivas, las experiencias de resistencia material en las periferias urbanas chilenas adquieren un valor ontológico fundamental. Nos referimos a la reactivación de los comités de vivienda que disputan el derecho a la ciudad, las redes abastecimiento y ollas comunes sobrevivientes, las asambleas ambientales que defienden zonas de sacrificio y los espacios de articulación cultural popular. Éstas prácticas territoriales demuestran que el tejido comunitario es la primera línea de contención ideológica.

La participación directa en asambleas comunales, presupuestos participativos y sindicatos altera radicalmente la correlación de fuerzas. Al involucrar activamente a las mayorías en la gestión cotidiana de sus realidades materiales, la democracia deja de ser una abstracción jurídica y se convierte en una praxis viva. Esto destruye el núcleo discursivo del populismo de ultraderecha: el ciudadano ya no requiere delegar su soberanía en un líder carismático que hable en su nombre, puesto que posee los mecanismos institucionales para ejercer el poder de forma colectiva y directa.

A nivel sudamericano, esta noción encuentra un fuerte anclaje en el concepto de “potencia plebeya” acuñado por Álvaro García Linera. Para García Linera, las estructuras estatales tradicionales son siempre susceptibles de ser capturadas por lógicas oligárquicas o reaccionarias. El verdadero dique de contención se encuentra en la capacidad de autoorganización de las multitudes.

“La ampliación de la democracia participativa en los procesos populares implica la emergencia de una nueva institucionalidad comunitaria y de movimientos sociales con capacidad de veto y de propuesta, capaces de subordinar el poder estatal a la deliberación colectiva de los de abajo” García Linera.

Asimismo, desde la perspectiva de la política de la liberación, la profundización participativa permite restaurar la verdadera fuente del poder político. Cuando la democracia liberal se corrompe o es cooptada por derivas fascistas, la comunidad debe reactivar su poder inherente, a través de asambleas populares directas para refundar el poder político y defender la vida comunitaria.

El análisis político y social de las dinámicas contemporáneas nos sitúa en una encrucijada histórica. El ascenso de los gobiernos populistas de ultraderecha no constituye una anomalía pasajera, sino el síntoma terminal de las carencias ontológicas propias de la democracia liberal, la cual, al subordinarse a la lógica neoliberal, se vació de pueblo, de soberanía y de conflicto legítimo.

Frente a la derrota material del modelo meramente procedimental y representativo, la retirada hacia la defensa nostálgica de la institucionalidad liberal es una camino estéril. En el espejo de la crisis chilena actual, queda de manifiesto que la contención de la deriva autoritaria no se logrará defendiendo el status quo que generó la crisis en primer lugar. La verdadera contención de las derivas autoritarias exige una contraofensiva democrática que agudice los procesos participativos en el seno de los movimientos populares. Al constituirse como espacios de deliberación real, gestión común y reconstrucción del tejido comunitario, las estructuras de la democracia participativa actúan como un dique inexpugnable. Desarticulan el discurso de odio y la polarización exclusivista de la ultraderecha mediante la edificación de un sujeto político plural, activo y consciente de su propia soberanía colectiva.

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