Por Sebastián Hidalgo Retamal, bajista, compositor y socio cooperativa ajuste de cuentas sello musical
Hoy: Muérdete la Lengua – Francisca Valenzuela, 2007, Feria Music
“Alejandra Alejandra
debajo estoy yo
Alejandra”
Alejandra Pizarnik, La última Inocencia, 1956
A mi hermana Martina
Cuando apareció en 2007, Muérdete la Lengua fue recibido como la irrupción de una voz femenina distinta dentro de la música chilena. Recuerdo haber escuchado, mientras estudiaba, los acordes de Peces. En poco tiempo, esa canción —y con ella el disco— se transformó en parte de la banda sonora de aquel presente.
El álbum se distinguió por su personalidad, su inteligencia compositiva y su capacidad para abordar relaciones de poder, dependencia emocional y conflictos afectivos desde una perspectiva poco habitual en el pop local de la época. Referentes femeninos había —Saiko, Nicole, Supernova—, pero el estilo de Francisca Valenzuela, sostenido en el piano y atravesado por matices del indie estadounidense, cercano por momentos a Fiona Apple o Tori Amos, lo volvía especialmente singular.
Más allá de las lecturas estilísticas, feministas, políticas o generacionales que puedan hacerse, el álbum parece sostenerse sobre una experiencia mucho más atemporal y universal: el descubrimiento de uno mismo.
No el descubrimiento intelectual de una identidad ya definida, sino el proceso contradictorio, incómodo y fascinante de aprender a habitar el propio cuerpo, el paso de la adolescencia a la adultez.
La juventud suele ser descrita como una etapa de posibilidades. Sin embargo, pocas veces se habla de ella como una etapa de contradicciones. Se nos enseña a pensar el crecimiento como una línea recta hacia la madurez, cuando en realidad suele parecerse mucho más a un territorio lleno de avances, retrocesos, intuiciones y errores. La experiencia de convertirse en uno mismo rara vez ocurre mediante certezas: ocurre mediante conflictos, y eso es precisamente lo que aborda el disco.
Francisca Valenzuela, con los años, desarrollaría una obra más sofisticada, más consciente de sus herramientas y más articulada políticamente. Sin embargo, hay algo en Muérdete la Lengua que permanece irrepetible: la sensación de asistir al momento exacto en que una artista descubre su propia voz.
Inseguridades y contradicciones como motor creativo
Desde sus primeras canciones se percibe una voz que busca afirmarse frente al mundo. En Peces, por ejemplo, aparece la pregunta: “Si hay tantos peces en el mar / ¿por qué siempre pesco al que no me deja nadar?”. Allí se instala una tensión fundamental del disco: la búsqueda de validación en el otro, atravesada por la banalidad de la belleza estética como valor de comparación. Esa tensión reaparece cuando canta: “Tal vez ella sea bonita si te gustan las sonrisas huecas, las impresiones coquetas, las piernas perfectas al caminar”. Luego, en Dulce, la pregunta se vuelve todavía más explícita: “Mujer, ¿por qué no ocupas tu voz de otra forma, utilizando algo más que las piernas? Yo sé que hay algo en ti”.
Las canciones poseen una sinceridad difícil de reproducir, porque conservan la veracidad ingenua de la adolescencia: esa subjetividad en formación que todavía intenta comprender qué desea, qué rechaza y qué lugar ocupa dentro de las relaciones que la rodean.
El disco se transforma entonces en un diario de descubrimiento. En este punto resulta tentador leer el álbum desde la poesía de Alejandra Pizarnik. No por similitudes estilísticas, sino por una sensibilidad compartida: en ambas aparece una conciencia que observa con extrañeza el territorio de la propia identidad, como si el yo no fuera una casa conocida, sino un lugar que debe explorarse habitación por habitación.
“Enfrentando mil voces, yo cierro mis pulmones, sin dejar saber lo que se siente, ser”
Uno de los aspectos más interesantes del álbum es la manera en que el cuerpo aparece como el lugar donde todas esas contradicciones se manifiestan. La tradición occidental ha construido durante siglos una separación entre cuerpo y razón. El cuerpo fue considerado una fuente de impulsos que debía ser controlada por la conciencia; en el caso femenino, además, ese cuerpo ha sido también un espacio de escrutinio público.
En este disco, el cuerpo se descubre y se disfruta: “Soy tan afortunada de tener una segunda piel para recorrer”. También se explora el deseo y se vuelve vulnerable: “Esta noche he vivido algo que no reconozco y se encuentra dividido entre mi amor y su odio”. Finalmente, el cuerpo aprende a fijar fronteras: “Sólo estás persiguiéndote la cola y sólo estás creándome un problema. No quiero más de tu compañía, ¡no más!”. Así, la propia voz, el deseo, la inteligencia y la autonomía aparecen como territorios nuevos. La protagonista no observa una identidad consolidada; observa una identidad en construcción.
A medida que el álbum avanza, comprendemos que la hablante no se expresa desde una posición de autoridad, sino desde una posición de búsqueda. Cada canción funciona como una pequeña exploración de los límites del yo.
Segunda vuelta expresa eso: “Búscate, a otra que lama tus heridas si quieres que salive por ti, tendrás que mejorar” para luego: “Y aunque, me mires con calor y me dejes ruborizada y cuando sientas que, ya no estoy y me quieres apoyada contra la pared, volveré, volveré, volveré”
Ella observa las relaciones afectivas, las jerarquías sociales y las dinámicas de poder intentando comprender cómo posicionarse frente a ellas, sin ofrecer respuestas definitivas, porque todavía está aprendiendo a formular las preguntas necesarias.
Esa búsqueda, sin embargo, no se limita al terreno íntimo: también comienza a proyectarse hacia el mundo exterior, donde las relaciones personales revelan formas más amplias de desigualdad, autoridad y sometimiento. Como en Las Vegas: “Me rodea y no quiero que me rodee más, soy otra en su palacio de muñecas”.
Antes de aparecer como una estructura política, el poder suele manifestarse en el cuerpo: en la comparación, en la mirada ajena, en el deseo de aceptación o en la necesidad de reconocimiento. Por eso las tensiones íntimas del disco terminan anticipando sus preguntas sociales, aunque todavía no se disponga de un marco ideológico completamente desarrollado para interpretar aquello que observa.
Encontramos un buen ejemplo en Los Poderosos, donde dice: “No te puedo asegurar sobrevivir aquí […] Los poderosos mienten, hacen lo conveniente” entendiendo que hay una problemática con el poder no ofrece soluciones, abre una ventana en donde se logra divisar que el poder también funciona a través de la información, la conveniencia, incluso se puede entender que comprende que es por un bien mayor “y es para no asustarnos con la verdad” para inmediatamente volver a atacarlos con “y es para no quedar mal, mal”.
Claramente la protagonista no parece poseer una filosofía acabada sobre el amor, la política o la libertad. Lo que posee es algo más valioso: la experiencia directa de enfrentarse a ellos por primera vez, Lo que el disco registra es el instante del despertar y todo despertar posee algo de confusión.
La lengua es un órgano de conocimiento
Convertirse en uno mismo no consiste simplemente en descubrir una esencia oculta, sino que implica atravesar contradicciones, abandonar certezas y asumir la responsabilidad de construir un yo entre el deber y el deseo.
Escuchar Muérdete la Lengua es perseguir esa lógica. Las emociones no aparecen como conceptos abstractos, sino como experiencias encarnadas. El deseo, la frustración, la vulnerabilidad y la indignación se expresan desde una cercanía física, lo que vuelve las canciones profundamente humanas.
Francisca no explica el mundo, sino que trata de entender lo que ocurre en él desde la propia experiencia. Por lo mismo, el disco está lleno de tensiones: autonomía contra pertenencia, afecto contra libertad, reconocimiento contra privacidad.
A medida que crecemos, normalizamos muchas cosas. Escuchar y sentir desde ese pasado, desde una sensibilidad todavía capaz de advertir las contradicciones del mundo y del yo, nos obliga a reflexionar sobre quiénes somos y cómo crecimos. En este sentido, Muérdete la Lengua puede leerse como una especie de educación sentimental contemporánea: un relato sobre el aprendizaje de la propia madurez y libertad.
Virginia Woolf escribió que la vida no es una serie de lámparas alineadas simétricamente, sino un halo luminoso que nos rodea. Algo parecido sucede aquí. Las canciones no avanzan siguiendo una lógica perfectamente ordenada. Se despliegan como fragmentos de experiencia que poco a poco revelan una subjetividad.
Quizás la respuesta implícita del disco sea que no existe una respuesta definitiva. La identidad no es una meta, sino un movimiento: una práctica que no se alcanza de una vez y para siempre, sino que exige convivir con contradicciones que jamás desaparecen por completo.
Por eso el disco sigue resonando. Todos hemos atravesado, de una u otra forma, ese territorio en disputa: ese cuerpo que desea una cosa mientras la razón exige otra, esa tensión permanente entre pertenecer y diferenciarnos.
Y quizás crecer consista precisamente en eso. No en resolver definitivamente las contradicciones entre el cuerpo, el deseo, el amor, el poder o la libertad, sino en aprender a habitarlas sin dejar de interrogarlas. Francisca Valenzuela registró ese momento con la lucidez imperfecta de la juventud. Por eso el disco sigue vivo: porque en sus dudas todavía podemos reconocer algunas de las nuestras.
“Esta noche he cedido algo que no doy, he recibido y ahora… me voy”.

