Por Gonzalo Araya Muñoz, Ingeniero en Prevención Riesgos. Magister © Gestión y Salud Publica
Han pasado 12 años desde la última vez que Chile disputó un Mundial de fútbol. Tres Copas del Mundo consecutivas viendo el torneo desde lejos. Brasil 2014 fue el último recuerdo de una selección chilena compitiendo entre los mejores del planeta, y desde entonces una generación completa de niños ha crecido sin saber lo que significa vivir un Mundial con la camiseta roja en la cancha.
Y aunque para algunos esto puede parecer solo fútbol, la verdad es que representa mucho más que un resultado deportivo.
El Mundial tiene algo que pocas cosas logran: detener un país completo. Une conversaciones, emociones y sueños. Hace que niños y niñas quieran correr detrás de una pelota imitando a sus ídolos, que las familias se reúnan y que millones de personas crean, aunque sea por un momento, que Chile puede competir de igual a igual frente a cualquier potencia del mundo.
Hoy muchos niños nacieron después de 2014. Nunca vieron a Chile clasificar a un Mundial. Nunca sintieron esa ansiedad previa a un partido decisivo, nunca escucharon un himno nacional con la ilusión intacta antes de enfrentar a las grandes selecciones del planeta. Y eso, aunque algunos no lo quieran reconocer, sí tiene consecuencias culturales y deportivas.
Porque el fútbol también inspira
Inspira disciplina, trabajo en equipo, esfuerzo y superación. Inspira a levantarse temprano para entrenar, a cuidar el cuerpo y a creer que los sueños pueden alcanzarse. Pero cuando el país deja de competir, cuando el fracaso se vuelve costumbre y cuando desaparecen los referentes, también comienza a apagarse lentamente esa motivación en las nuevas generaciones.
El problema no es solamente la ausencia en los Mundiales. El problema es todo lo que hay detrás.
Niños cada vez más sedentarios, más conectados a pantallas que a plazas o canchas. Escuelas donde la educación física pierde espacio y relevancia. Barrios sin infraestructura deportiva. Clubes formativos abandonados. Y una dirigencia que hace años parece más preocupada de sobrevivir que de construir un proyecto serio para el futuro del fútbol chileno.
Mientras otros países entienden el deporte como una política de desarrollo social, Chile sigue reaccionando tarde.
La selección chilena alguna vez logró poner al país de pie. Lo hizo en Sudáfrica, en Brasil y en las históricas Copas América. Millones de personas celebrando juntas, sintiendo orgullo y pertenencia. Eso no era solo fútbol: era identidad colectiva.
Por eso preocupa tanto esta larga ausencia.
Porque una generación que crece sin referentes deportivos también puede crecer sin sueños deportivos. Y recuperar eso no depende únicamente de ganar partidos. Depende de volver a creer en el deporte como una herramienta de formación, salud, disciplina y unión social.
Chile necesita volver a competir. Pero más aún, necesita volver a inspirar.

