Por Alexis Gutiérrez Figueroa, Ingeniero Agrónomo.
Cada vez escuchamos con mayor frecuencia conceptos como escasez hídrica, ciclos de sequía, sequía permanente u otros similares en relación con la disponibilidad de agua. Análogo al concepto de bancarrota financiera -cuando los ingresos de una persona, institución o país no logran cubrir sus gastos de manera sostenida en el tiempo- comienza a instalarse con fuerza la idea de una “bancarrota hídrica”, fenómeno que se extiende en un número creciente de territorios y cuencas a nivel mundial.
El agua es un recurso natural renovable e imprescindible para todas las actividades humanas, sean productivas o no. Su problemática se articula en torno a tres aspectos profundamente relacionados: cantidad, calidad y oportunidad o disponibilidad para sus distintos usos.
A pesar de cubrir cerca del 70% de la superficie terrestre, el agua dulce es escasa, abarcando solo un 3% del total, y gran parte de ella se encuentra en glaciares o capas de hielo. En la práctica, apenas un 1% del agua dulce superficial es accesible para uso humano. Si consideramos además los problemas de contaminación, la disponibilidad efectiva del recurso se vuelve aún más crítica.
El cambio climático agrava esta situación. Altera los regímenes de precipitación, intensifica la evapotranspiración, y aumenta la frecuencia de eventos extremos, como sequías e inundaciones. Por ello, aun cuando en años específicos se superen los promedios históricos -como podría ocurrir en 2026 debido a los efectos de El Niño- la tendencia general apunta a una disminución de las lluvias en el largo plazo.
En cuanto al consumo, la mayor demanda de agua a nivel mundial proviene del sector silvoagropecuario, que concentra más del 70% del uso total, muy por encima del consumo humano, industrial o minero. Se estima que producir los alimentos que requiere una persona en un día puede demandar aproximadamente 3.000 litros de agua. Esta cifra evidencia la magnitud del desafío.
Frente a este escenario, las respuestas deben darse a múltiples niveles. A nivel macro, la Gestión Integrada de Cuencas representa un avance significativo. Este proceso liderado en Chile por el Ministerio de Obras Públicas a través de la Dirección General de Aguas (DGA) se materializa en la constitución de las Mesas Estratégicas de Recursos Hídricos, para cada cuenca, con participación activa de actores públicos, privados y representantes de la academia que permitirán avanzar en una gestión más eficiente y coordinada en cada territorio.
En sectores productivos también se observan avances relevantes. En la minería, la incorporación de procesos para el reúso del agua y la desalación son un aporte innegable. En la agricultura, destacan las inversiones en embalses y sistemas de acumulación, el revestimiento de canales para optimizar la conducción, el control de caudales de extracción (sean aguas superficiales o profundas), la incorporación de sistemas presurizados y los mecanismos de control automatizado que incluyen sistemas de agricultura inteligente. Todo orientado en el sentido correcto que busca optimizar el uso de este recurso.
A nivel urbano, los municipios enfrentan el desafío de repensar las áreas verdes, privilegiando especies más adaptadas a la disponibilidad hídrica y sistemas de riego eficientes. Iniciativas como el Parque Kaukari en Copiapó, que incorpora criterios de sostenibilidad en su diseño, ofrecen ejemplos valiosos a replicar. Asimismo, la implementación de Obras de Conservación de Agua y Suelos (OCAS) resulta fundamental.
En relación con el consumo humano, la desigualdad también se hace presente. Mientras el promedio nacional alcanza los 170 litros por habitante al día, existen algunas familias que subsisten con entre 60 y 100 litros diarios -en el límite de lo recomendado por la ONU y la OMS para su bienestar-, en contraste con comunas de mayores ingresos donde el consumo puede superar los 1.200 litros por persona al día, impulsado principalmente por el uso de piscinas, extensas áreas verdes y otros factores.
Frente a este panorama, cabe preguntarse: ¿qué puede cada persona para contribuir, desde su territorio -urbano o rural-, al cuidado del agua?
A continuación, se presenta un conjunto de recomendaciones que no solo pueden generar un impacto positivo en el medioambiente, sino también en el presupuesto del hogar:
- Cuidar y mantener adecuadamente las áreas verdes cercanas.
- Forestar pequeños espacios (idealmente con especies nativas) favoreciendo la diversidad.
- Ajustar el riego a las condiciones climáticas y a las necesidades de las plantas (por ejemplo, en Valparaíso, con dominio de días nublados en otoño-invierno, normalmente basta con un riego semanal en su jardín). Debemos aprovechar la condición del suelo como acumulador natural de agua.
- Incorporar pequeñas medidas de tecnificación del riego en jardines. Sirven desde tuberías perforadas hasta sistemas de aspersión básicos.
- Evitar regar las plantas en maceta con manguera (normalmente un 50% se perderá fuera de la maceta). Utilice regaderas o botellas para riego individual.
- Reemplazar la grifería convencional, por aquellos modelos eficientes.
- Revisar su medidor mes a mes procurando detectar fugas.
- Si existe la opción de reciclar aguas grises (del lavamanos y ducha), también será un importante componente de ahorro.
La suma de pequeñas acciones sí importa. Pero ya no se trata solo de buenas prácticas, sino de una urgencia colectiva: actuar hoy no es opcional, es la única forma de evitar que la estrechez hídrica de hoy se convierta en la bancarrota hídrica de mañana.

