Por Ángela Aguilera Morros, Educadora de Párvulos
Cada vez que ocurren hechos tan lamentables como la muerte de la inspectora María Victoria Reyes —de una manera tan incomprensible e inesperada— parece que recién ahí volvemos a darle importancia a la vida y a observar realidades que suelen ser desconocidas o indiferentes para muchos. Volvemos a cuestionar situaciones que han estado presentes por largo tiempo, pero que no consideramos con la relevancia que merecen. No nos preocupamos, y menos nos ocupamos de ellas, hasta que ocurren tragedias graves. En ese punto, el interés social se vuelca únicamente hacia la aplicación de penas máximas y hacia la búsqueda de culpables externos a quienes endosar la responsabilidad de lo sucedido.
En general, el ciclo de culpabilidad comienza con el colegio, sigue con la familia y termina en el gobierno o un “tipo de gobierno”. Sin embargo, rara vez se realiza un análisis profundo que nos invite a reflexionar y extraer lecciones para evitar la repetición de estos hechos. Una vez que pasa la pena, la rabia, la conmoción y la morbosidad de la noticia, volvemos al olvido. Olvidamos que estos actos tienen una causa y un origen en el que deberíamos trabajar como sociedad.
Si hablamos de responsabilidades, la primera es, evidentemente, de la familia. Esta no solo debe proveer necesidades básicas como techo, comida, ropa y escuela, sino también entregar amor, apoyo, contención, valores y normas de convivencia. No basta con «mencionar» las reglas; es fundamental enseñarlas con el ejemplo. Sin embargo, esto resulta cada vez más difícil en una época donde los vínculos familiares son débiles y las responsabilidades parentales suelen delegarse en terceros: la escuela, los abuelos o el Estado.
Hoy, tanto en nuestro país como en el mundo, niños, niñas y jóvenes pasan demasiado tiempo solos, con escasa supervisión de adultos. Este vacío ha permitido que la televisión y, principalmente, las redes sociales cumplan el rol de acompañantes. Estos medios imponen modelos inadecuados donde los jóvenes crecen comparándose constantemente, buscando una validación inmediata, éxito a cualquier precio y trascendencia superficial. En este entorno digital, pueden ser agredidos o agredir a través de una pantalla sin sanciones ni consecuencias tangibles. Es un espacio donde las habilidades sociales no parecen necesarias para interactuar con otros, donde el individualismo asfixia a la empatía y se generan problemas graves de salud mental: ansiedad, angustia, depresión y tendencias suicidas o agresivas encuentran allí su caldo de cultivo.
No se trata de defender al joven que cometió el asesinato. Como muchos dicen: «muchos jóvenes están solos y no matan». Pero la realidad es que no sabemos qué ocurría fuera de la escuela, en su hogar, qué tipo de contenidos consumía o qué detonante radical gatilló su acción.
Es necesario recordar que, cuando un Presidente puso sobre la mesa el tema de la salud mental, muchos de los que debían estar a la altura para buscar soluciones prefirieron usar el tema para la mofa o el ataque personal. Las enfermedades mentales son tan críticas y letales como el cáncer u otras patologías mortales. Ojalá la sociedad, en lugar de minimizar su gravedad, pudiese ser tan solidaria y empática con quienes las padecen como lo es con otros diagnósticos graves.
Resulta urgente regular la edad y el tiempo de uso de los dispositivos móviles, así como supervisar los contenidos que consumen los menores. Debemos dejar de usar la tecnología como el «chupete electrónico» para evadir situaciones que no sabemos o no queremos manejar, especialmente cuando múltiples estudios asocian el uso excesivo de estos dispositivos con problemas físicos, emocionales y psicológicos.
Esperemos que esta tragedia que nos enluta no quede solo en una noticia de impacto pasajero. Que no pase al olvido hasta que tengamos una nueva víctima… ¿o tal vez, las victimas fueron dos?

