Jorge Canales Gatica, Trabajador Social y Dirigente Sindical
La historia de la alimentación es una historia de poder. La expansión de los sistemas de colonialismo fue un proceso que transformó los territorios y modos de vida con el objetivo de producir aquello que requerían los mercados de otras partes del mundo. Por ejemplo, en el Caribe había plantaciones de azúcar basadas en el esclavismo africano. Hoy podemos encontrar situaciones que recogen esta historia. En las plantaciones privadas de té en el sur de Sri Lanka en este año 2026 se han detectado por Amnistía Internacional situaciones de apropiación de salario, amenazas, limitaciones de movilidad y de endeudamiento (servidumbre de deuda). Se trata de abusos que implican varios de los indicadores de trabajo forzoso. Los afectados son trabajadores de la comunidad tamil (que fueron traídos desde India en la época de la colonización británica). No nos imaginamos que esto siga ocurriendo, pero es así. Podríamos hablar de nuevas esclavitudes. Es aquí donde hay que exigir responsabilidades.
Por otro lado, también se trata de un proceso de despojo de conocimiento. Cuando se pierde el acceso a los territorios de una comunidad, se pierden las posibilidades de realizar actividades de cultivo y recolección. También se pierde la posibilidad de transmitir los conocimientos asociados a los modos de alimentación. Corremos el riesgo de perder no solo semillas o formas de elaboración sino conocimientos sobre los ciclos de la naturaleza. Por todo ello, hoy más que nunca tenemos que destacar la importancia que tienen los sistemas alimentarios indígenas y campesinos. Son conocimientos vivos y patrimonios culturales que pueden ayudarnos a resolver los desafíos que tenemos hoy, como por ejemplo, combatir el hambre.
Existen prácticas que implican compartir alimentos. Cuando sembramos, o cuando compartimos una preparación, creamos vínculos que sustentan la vida. En este sentido las costumbres alimentarias vienen acompañadas de un modo de comprender lo colectivo. Por ejemplo, en Chile, en situaciones de huelga o de crisis económica se ha puesto en evidencia esta capacidad de las ollas comunes. Muchas personas, en su mayoría mujeres, han sabido dar una respuesta organizada a las situaciones de escasez para alimentar a sus comunidades. Alrededor de una olla se reparte la comida. Se identifican necesidades y se construye confianza.
Pero vale reflexionar lo siguiente: ¿Cuántos se han visto amenazados por el colectivismo y el cooperativismo en esta expresión tan humana de reunirse en torno a un espacio común de alimentación como un medio no solo de sobrevivencia, sino también de resiliencia, de solidaridad, y apoyo al que más lo necesita?. ¿Estamos entonces frente a una enseñanza para las políticas públicas que nuestra soberbia no nos deja ver?
Ante la amenaza de no poder comer buscamos respuestas conjuntas. Hay que apoyar esta solidaridad, pero sin caer en el error de normalizar el hambre y de dejar la responsabilidad pública en los esfuerzos comunitarios. Tenemos que velar por el Derecho a una Alimentación adecuada, es decir, tenemos que generar las condiciones para que las personas puedan alimentarse con dignidad, de manera suficiente y saludable y compatible con su cultura.
Tampoco podemos cerrar los ojos a que en el mundo hoy existe una brutal manifestación del poder sobre los alimentos. Los efectos trascienden fronteras. Las guerras pueden afectar los flujos comerciales, se interrumpe el suministro de granos, aumenta el precio de los fertilizantes y combustibles. También se elevan los costos de producción y transporte de alimentos. Cuando estos elementos se combinan con fenómenos como sequías o inundaciones (pérdida de cosechas) se trasladan presiones a los mercados y a los hogares que están lejos del conflicto, y entonces, los que más tienen que destinar de sus ingresos a alimentación tienen menor margen de maniobra. Esto lo hemos vivido en Chile en varias ocasiones. ¿Quiénes son los más afectados? Los más pobres.
En los hogares de los más pobres se reduce la variedad y calidad de los alimentos. Por ejemplo, se pospone el consumo de alimentos frescos para optar por enlatados. Se opta por alimentos baratos que son más calóricos, pero no aportan nada de nutrientes. No todo lo barato es poco saludable (por ejemplo: las legumbres), pero con las restricciones de ingresos, tiempo y disponibilidad es difícil mantener una dieta diversa. Antes de juzgar las elecciones de una familia, debemos mirar sus posibilidades reales de elegir.
En ese punto, el hambre puede volverse menos visible. La FAO describe como hambre oculta a la falta de vitaminas y minerales que pueden existir incluso cuando se consumen suficientes calorías y esto coexiste con el sobrepeso o la obesidad. El peso corporal, por sí solo, no demuestra una nutrición adecuada. Una persona puede consumir calorías en exceso y carecer de nutrientes esenciales. Reducir la discusión a si alguien tiene comida en el plato deja totalmente fuera la reflexión sobre la calidad de lo que puede comer de manera sostenida.
Por eso necesitamos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando alimentarse saludablemente depende tanto del ingreso y del lugar donde se vive. Hay que pensar en el grado de poder de decisión que tienen las comunidades frente a los grandes actores (grandes empresas y mercados que inciden en lo que se produce, distribuye y se consume). Es preciso recuperar la autonomía alimentaria. Para ello es necesario establecer reglas que protejan el interés público. También es importante que haya espacios de participación de productores y consumidores en mejores condiciones.
Por ello, como país enfrentamos un gran desafío,
¿Cómo proyectamos nuestro futuro en el ámbito de la Soberanía Alimentaria?
Debemos reflexionar sobre los tiempos que estamos viviendo. Es necesario repensar nuestros modos de producción y consumo, también nuestra manera de relacionarnos. El individualismo nos debilita para enfrentar amenazas que son comunes. Es necesario organizarse, solidarizar y tomar decisiones conjuntas. Cuidar nuestras semillas, el agua, los suelos y los saberes ancestrales es proteger nuestro patrimonio que permite la vida y alimentación de futuras generaciones.
Existen experiencias en el Estado que pueden orientar nuestro accionar hacia el futuro. Programas como “Apoyo a la Seguridad Alimentaria” del Ministerio de Desarrollo Social y Familia son alternativas que permiten salir del asistencialismo y avanzar en Soberanía Alimentaria, un faro que ilumina hacia donde podemos navegar.

