Ensayos Musicales: «Nicole…la Reina del Pop»

Por Sebastián Hidalgo Retamal, bajista, compositor y socio cooperativa Ajuste de Cuentas sello musical

Hoy: Esperando Nada – Nicole, 1994, RCA/BMG

«Y los hombres ya no lanzarán
la flecha de su anhelo
más allá del hombre,
y la cuerda de su arco habrá olvidado vibrar.»
— Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

Nicole como ente normalizador de la moderación emocional de los 90

El disco Esperando Nada parece una colección de canciones delicadas sobre el amor, la pérdida y la incertidumbre. Sin embargo, bajo esa superficie existe una operación mucho más profunda. Nicole no canta únicamente la tristeza; sin querer quizás, canta la aparición de una nueva sensibilidad. Una forma de sentir donde incluso el dolor debe permanecer bajo control… bienvenidos a los 90, al exitismo y a la nueva normalidad.

No es casualidad que el álbum aparezca en el Chile de la postdictadura. La transición no solo reconstruyó instituciones, también produjo una nueva forma de administrar la emocionalidad: el silencio cambia de naturaleza, ya no nace del miedo, sino de la administración del exceso, no es la censura lo que nos rige: es la moderación.

Ya no se nos impide hablar, se nos enseña cuánto conviene decir: moderación o miedo al qué dirán.

Un disciplinado Rock-Pop de la primera diva pop chilena

Michel Foucault sostenía que las sociedades modernas ya no gobiernan principalmente mediante la prohibición, sino mediante la normalización. El poder deja de decir «no puedes» para comenzar a decir «así se vive». La disciplina más eficaz es aquella que termina siendo confundida con sentido común.

“Esperaría de pie que al anochecer se fundiera con la tarde y el amanecer”.

Eso es precisamente lo que parece ocurrir en Esperando Nada. las canciones no exigen una resolución, un desborde o romper violentamente el equilibrio. Todo permanece contenido. Incluso el sufrimiento parece cuidadosamente editado a través de los movimientos armónicos para no incomodar demasiado, el rock es más pop/reggae –Sin Gamulan por ejemplo-  y el mismo pop después de los singles está más cerca del Adult Contemporany –Tres Pies al Gato– o de la infame etiqueta de música de mundo –Cuando Yo Me Transforme– que del tradicional diva/girlie/pop, Nicole nos acerca en la primera mitad de los noventa al Indie-Pop de los 2000.

Inclusive, esta sensación de correcto nos lleva a una versión descafeinada de Miss You de The Rollings Stones en Territorios, o a canciones más cercanas a una versión melancólica de Diego Torres como en Solo el Mar, lo cual es paradójico a más no poder por la catarsis de emociones que relata el tema: “Derramar tu esencia en el cuenco de mi mano, perderte y recogerte y volverte a derramar […] resumen en ti”

Con esto no quiero decir que haya sido un mal álbum, es más, sigue estando presente aún en nuestros días, pero si obedece al paradigma pop/rock de la época a nivel global y nacional: se acabó la gran batalla de la guerra fría, volvió la democracia en Chile, una época cómoda de progreso económico y de nuestro país entrando a la aldea global: “Se acabo el tiempo de los lindos ideales” diría Aparato Raro años atrás.

Nietzsche imaginó al «último hombre» como la figura que sucede a los grandes ideales. Un individuo satisfecho con pequeñas comodidades, incapaz de asumir riesgos verdaderamente transformadores. Ya no busca crear nuevos valores; solo procura conservar su bienestar: El último hombre no vive mal, simplemente deja de vivir intensamente.

Amor en tránsito en tiempos de mercado y la nueva juventud adulta

Marc Augé llamó «no lugares» a aquellos espacios donde miles de personas transitan sin establecer vínculos: aeropuertos, supermercados, carreteras, centros comerciales, hoteles. Espacios donde uno existe únicamente como consumidor, pasajero o cliente.

Pero quizás el gran no lugar de los noventa no fue arquitectónico sino que emocional: Un territorio donde las personas podían amar sin entregarse completamente, sufrir sin quebrarse, recordar sin hacer memoria y desear sin poner en riesgo la estabilidad. Un espacio interior perfectamente compatible con la lógica del mercado, Tres Pies al gato ejemplifica esto: “Yo se que lo normal es tu medida, y que lo excepcional te desagrada, si en un alarde me ofreces tu vida, yo no la quiero para mi no es nada. Si tu me das dos yo quiero cuatro, me encanta buscar tres pies al gato”

Las canciones de Nicole parecen habitar justamente ese paisaje. No encontramos grandes explosiones sentimentales ni tragedias románticas, la misma música no tiene tensiones prolongadas, la voz no necesita ser agresiva, todo se resuelve rápido, con acordes mayores, espacios rítmicos contenidos y limpios. En lo lírico encontramos habitaciones, ventanas, esperas, silencios, conversaciones interiores: “Tanto tiempo te esperé sentado aquí, que ya el invierno me alcanzó sin gamulán. Será por eso aque hoy estamos aquí no hay nadie más que tú y yo” diría Sin Gamulán o Esperando Nada diciendo “Me quedé sentada esperando la llegada de la suerte, no podía tardar. Y pasó tanto tiempo que llegué a ver sombras en color, y pasó tanta gente por delante que nadie me vio”.

Todo sucede en espacios suspendidos, como si la vida ocurriera entre paréntesis al ritmo de reggae con guitarras eléctricas limpias, La tristeza ya no es una fuerza revolucionaria sino que un estado administrable, como en Mundo Perdido “Dejaste un mundo perdido, dejaste un amor, un amor herido”

Y esa normalidad tiene un escenario: No es la ausencia de emociones es su administración.

Cómo aprendimos a sentir sin interrumpir el mundo

Cuando escucho Esperando Nada no encuentro todavía a ese personaje completamente formado, pero sí percibo su nacimiento cultural. El disco registra el momento en que la intensidad comienza a ser reemplazada por la estabilidad emocional como una virtud social de un Chile que se acostumbró a hablar en diminutivos.

Esperar Nada deja de ser una derrota para convertirse en una forma razonable de existir y quizás por eso el álbum envejeció tan bien.

Hoy vivimos rodeados de discursos sobre inteligencia emocional, autocuidado, regulación afectiva, productividad emocional y bienestar permanente. Conceptos valiosos en muchos contextos, pero que también pueden transformarse en tecnologías de normalización cuando convierten cualquier exceso —amor, rabia, duelo o entusiasmo— en un problema que debe corregirse.

El sujeto contemporáneo aprende a gestionar sus emociones con la misma lógica con que administra una cuenta bancaria: Todo debe mantenerse dentro de parámetros saludables, estable, funcional.

Escuchar nuevamente Esperando Nada permite descubrir el momento en que esa sensibilidad comenzaba a instalarse en Chile sin que casi nadie lo advirtiera. Nicole nunca necesitó levantar la voz para denunciar, tal vez porque las transformaciones más profundas de una sociedad no llegan haciendo ruido, más bien lo hacen convertidas en canciones hermosas que terminamos creyendo naturales, y quizá ahí reside la mayor virtud —y también la mayor inquietud— de este disco: No nos enseñó qué sentir, Nos enseñó cuánto era aceptable sentir.

“Y cae la noche junto con este sol, surgen palabras, surge algo de amor. Siempre doy lo que me pidas, siempre espero más que una ilusión. Déjame, sólo sentir, sólo extrañar tus sentimientos.

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