Marcha de la Bronca.- Desalojo de la Cato de Valparaíso.

“Bronca cuando ríen satisfechos al haber comprado sus derechos, bronca cuando se hacen moralistas y entran a correr a los artistas. Bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía. Bronca de la brava, de la mía, bronca que se puede recitar”… así es como me sentí cuando miraba por la pantalla de mi cámara a los más de 70 pacos de fuerzas “espeziales” que desalojaron las dependencias de la Universidad Católica de Valparaíso tras cuatro meses de toma y de lucha por la educación gratuita.

Impotencia de estar mirando como estos cobardes manipulados por este titiritero de Piñera  se mofan de la protección del Estado para reprimir con el as de bastos a quienes podrían ser sus hijos e hijas, como si fuera una mala pieza de teatro cuyo final estamos condenados a repetir. Lo que me hizo sentir más “bronca porque matan con descaro pero nunca nada queda claro”.

Si bronca, mucha bronca, fue lo que sentí en esos momentos pero también pena. Pero no por los estudiantes sino por los dominados, por estas personas (aunque creo que perdieron esa condición) que necesitan disfrazarse para sentir un control en sus vidas, para sentirse parte de algo… aunque sabemos que son parte de una mentira organizada. Como aquellos “que toman lo que es nuestro con el guante de disimular”. Y que cumplen una función “para el que maneja los piolines de la marioneta general, para el que ha marcado las barajas y recibe siempre la mejor” y que está temblando de miedo en su sillón.

Bronca que nos da un tipo que no escucha, bronca que da un lumazo, bronca que dan los tres guanacos, los dos zorrillos, los tres micros y, los 70 pacos. “Bronca porque está prohibido todo hasta lo que haré de cualquier modo. Bronca porque no se paga fianza si nos encarcelan la esperanza”.

Bronca que le vamos a dar a ellos porque no pueden desalojar nuestras convicciones, bronca, “bronca sin fusiles y sin bombas, bronca con los dos dedos en Ve, bronca que también es esperanza. Marcha de la bronca y de la fe…”

Pero no todo fue malo, hubo un tiempo para la esperanza y se vio cuando los estudiantes, desde el techo, gritaban a los muchos que estábamos mirando sin nada más que hacer. Esos gritos no dejaban ver el miedo que puede darte un lumazo porque los que estaban ahí, sabían que ni un golpe, ni una detención y ni un desalojo podría romper sus convicciones. Esas que nos llevaron a luchar por algo que el país en más de 20 años no se había levantado con tanta fuerza. Fuerza que todavía nos da para seguir luchando por la educación gratuita.

Por Andrés Ojeda.

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