Opinión: «¡Es la economía (ideología), estúpido!»

Por Jaime Cano Carrasco, Profesor de Historia, Licenciado en Historia y Educación.

En 1992, Bill Clinton enfrentaba una derrota que parecía inminente ante George Bush, quien insistía en situar la crisis internacional como el eje central del debate. Fue entonces cuando, desde el propio comando demócrata, uno de sus estrategas acuñó la frase “es la economía, estúpido”, desplazando el foco hacia el costo de la vida y una crisis interna que los republicanos preferían invisibilizar.

Hoy, esa consigna resuena con fuerza. De todo lo anunciado por Kast en su primera semana de Gobierno, lo que más inquieta es el eventual fin del MEPCO, con el consiguiente temor a un alza real de los precios.

Nunca he tenido especial talento para los números -la estadística y la economía las aprobé con lo justo-, pero hay algo que tengo claro: pocas decisiones son tan políticas como el uso de los impuestos. Lo es cuándo y cuánto se cobra, a quién se le cobra y, sobre todo, en qué se utilizan esos recursos. Ahí es donde la ideología deja de ser abstracta y se vuelve concreta.

Los chilenos, como espectadores de este gobierno que recién se instala, asistimos a una discusión profundamente política, aunque presentada bajo el ropaje de crisis y austeridad fiscal.

Porque, más allá de los porcentajes, los avances como la gratuidad universitaria, el copago cero o el acceso a la vivienda no surgieron por generación espontánea. Son el resultado de décadas de lucha ideológica, cultural y social. Recuerdo el 2006, cuando comenzó a instalarse con fuerza la demanda por una educación gratuita y de calidad y hoy, 20 años después, miles de jóvenes -muchos de ellos primera generación universitaria en sus familias- estudian gracias a ese proceso. Y, al mismo tiempo, quienes superan los treinta ven ese sueño nuevamente amenazado, tras haber debido postergar sus estudios por razones personales o familiares.

En estos primeros días de gobierno han emergido dos conceptos que ayudan a entender el momento: el “shock” descrito por Naomi Klein y la idea de una “presidencia de la ira”, evocando una editorial del New York Times sobre el mandato de Donald Trump.

Kast parece asumir un rol casi mesiánico, como quien viene a restaurar un orden que considera quebrado en lo social, lo político y lo económico.

Ese impulso salvador, reforzado por su fe en el dios que invocó más de diez veces en su discurso inaugural frente a la Plaza de la Constitución, se expresa en una ira contenida: molestia frente a la migración, frente a unas supuestas arcas fiscales exhaustas y, ahora, incluso frente a los “pingüinos”. Esos mismos pingüinos que -metafóricamente- marcharon por educación y que, al parecer, todavía incomodan.

Volviendo a la ideología, esta semana -que se ha hecho larga entre anuncios y reformas- ha dejado a la oposición en estado de shock, obligada a definir, como bien dice una amiga, qué batallas dar. En medio de esa confusión comienza a delinearse el motor de estos cuatro años: responsabilizar al gobierno anterior por los males sociales y justificar, desde ahí, una supuesta reconstrucción nacional frente a una catástrofe que solo el oficialismo parece ver. Incluso voces técnicas, como la del exministro Ignacio Briones, han advertido sobre los riesgos de una baja del impuesto corporativo sin una compensación fiscal adecuada.

Aun así, en algo tengo confianza. Cuando la oposición logre rearticularse política y comunicacionalmente, es probable que, tras estos primeros cien días, el Congreso vuelva a ser el lugar del debate y los acuerdos, marcando un punto de inflexión frente a esta avalancha de anuncios y urgencias legislativas.

Por ahora, Kast ha optado por una luna de miel marcada por el despliegue y los gestos de alto impacto -como las zanjas-, que parecen buscar distraer de lo verdaderamente urgente: abrir un debate de fondo y frenar cambios que se intentan imponer con rapidez.

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