Por Matías Freire Vallejos, Concejal de San Miguel
No sólo La Moneda y los edificios emblemáticos son patrimonio cultural. Patrimonio viene del latín y dice relación con lo «heredado por los padres». Conlleva el respeto y conocimiento de las expresiones culturales de nuestros ancestros. Sus historias, sus vivencias, su legado. Dicho respeto también considera la preservación de los espacios que ellos habitaron. Por ejemplo las hermosas casas que hoy derriban en algunas comunas (como San Miguel) para construir modernos edificios también son patrimonio, y no son resguardados adecuadamente. En los países desarrollados existe una relación armónica entre tradición y modernidad. En este jaguar llamado Chile la modernidad aplasta a la tradición, sin dejar huella, violentando a nuestros padres y abuelos, evitando además la conformación de una identidad cultural reconocible y prolongable en el tiempo.
¿De qué sirve entonces tener un día del patrimonio si el Estado realmente no se preocupa de él?. El crecimiento demográfico y urbanístico se ha dejado al arbitrio del sector privado. Hoy la ciudad es planificada por el mercado inmobiliario y sus “guetos verticales“ generando desarraigo entre los habitantes de nuestras comunas, colapsando calles, alcantarillado, medios de transporte, servicios sociales y otras externalidades negativas que sería largo enumerar.
Como la autoridad no ha estado a la altura, y el poder político suele mezclarse y generar dependencia del poder económico, nuestra legislación patrimonial es bastante escuálida. No existen herramientas de protección efectivas y se dan casos de comunas que ni siquiera cuentan con una herramienta básica como el Plano regulador. A partir de esta realidad la comunidad ha optado en algunos lugares por organizarse y tomar la iniciativa en la defensa patrimonial. Casos emblemáticos en Ñuñoa (Barrio Suarez Mujica), en Santiago (Yungay) o en Valparaíso (contra el Mall Barón) marcan la senda a seguir.
Para preservar nuestro patrimonio entonces es menester que se de una conjugación de elementos: Una visión convocante de los actores públicos involucrados. Una planificación conjunta y participativa de la ciudad. Mayores incentivos tributarios para que los privados opten por mantener y mejorar sus propiedades, y no por quemarlas –como ha pasado- porque se transforman en un lastre y prefieren tener un sitio eriazo. Una mejor y más potente normativa medioambiental. Cambios en la legislación vigente que facilite la anticipación en la declaratoria de inmuebles o barrios patrimoniales, y no una actuación reactiva que se efectúa cuando el problema ya está desatado. Entre otras
El patrimonio es el legado de nuestros padres. Es nuestra historia, nuestra memoria, nuestra identidad. Si de verdad queremos preservarla no basta con tener un día al año donde la gente se saque selfies en edificios públicos. No. Hay que hacer mucho más. Y debemos involucrarnos todos. Ese es el mensaje que este día debiese dejar en nuestra retina.

