
Don Eduardo Lara hoy no debía estar ahí, pero tampoco ayer, ni hace ya seis años; menos en las deplorables condiciones laborales en las que se encontraba, las que colindaban con las esclavitud. Tampoco debían estar ahí quienes generaron ese incendio que más allá del daño patrimonial que generaron a la ciudad, le quitaron una vida a este puerto que ya no aguanta más penas.
Más allá de las dos hipótesis que se manejan del inicio del incendio, aquellos hechos delictivos no debieron ocurrir, ya sean delincuentes que ocupan el colectivo derecho a manifestarse para fines individuales como lo es el saqueo; o haya sido agentes infiltrados que buscan desacreditar el movimiento social, para beneficio de la clase dominante.
Lo hecho de hoy muestran a una sociedad que a gritos pide cambios drásticos, que permitan construir una sociedad donde prime el respeto, el colectivismo y el bien para la mayoría. Un país con una democracia real y que sea resguardada por policías eficientes y democráticas.
Individualismo obseso que le costó la vida a don Eduardo, al vecino de Montedónico, que a sus 71 años aun luchaba por subsistir y aquello no puede quedar impune.
Pero que hacía ahí, un día feriado, a sus años, encerrado en un edificio el cual está ubicado en una zona siempre conflictiva para estas fechas.
Lara es un ejemplo de las condiciones a las que se enfrenta la tercera edad de nuestro país, con pensiones miserables que obligan a los adultos mayores a salir a buscar empleo, en lo que sea y como sea, para poder llegar a fin de mes. En esa etapa de la vida donde deberían estar descansando y disfrutando después de años de entregar a la sociedad, el estaba ahí como siempre, en el segundo piso de la Secretaría Municipal, trabajando.
Rabia nos debe dar el saber que ese es el futuro que nos espera, en un país donde los derechos de los jubilados no se respetan, donde no se asegura una vejez digna y donde ni en los servicios públicos se respetan los derechos de los trabajadores.
No importa la situación, ni la fecha, ni el riesgo, nadie debe trabajar encerrado y lo peor es que esto es un riesgo que deben enfrentar cotidianamente los nocheros y guardias de seguridad, pues don Eduardo no es un caso aislado. Por lo mismo las autoridades porteñas deben asumir las responsabilidades que les corresponden, el tener a una persona trabajando encerrada, sin protocolos de emergencia efectivos y sin vías de escape.
Solo nos queda esperar que lo de hoy sea una lección, para que la muerte de este trabajador no sea en vano, y que asumamos lo urgente que es hacer una cambio profundo y estructural a nuestro sistema. Es momento de volver a caminar hacia adelante y dejar de retroceder y que personas como Eduardo Lara sean las víctimas de la violencia de personas sin criterio y de un sistema injusto.

