Este texto va dedicado a todas las mujeres que me he topado en la vida, a todas/os las/os amigas y amigos, a todas esas compañeras que no conozco aún pero con las que compartimos esto de ser mujer. En especial, a las que viven en Chile y esto no por algún tipo de nacionalismo, sino por la solidaridad a la que nos compromete vivir en un país tan represivo y reaccionario que, junto con solo cinco países más en todo el mundo (El Vaticano, Nicaragua, El Salvador, Rep. Dominicana y Malta), sanciona el aborto en toda situación.
Recuerdo que una vez, camino al colegio, tuvimos una «conversación» con mi mamá… era supuestamente sobre sexualidad pero la represividad que estaba en y tras la misma no daba para llamarla como tal, no era dialógica ni educativa y estaba cargada de prejuicios y temores. La última frase de mi mamá se me hizo brutal, llena de violencia pero dicha en su desesperación… Esto, porque mi padre, antes de irse definitivamente de casa largó una sentencia «si tus hijas quedan embarazás, va a ser culpa tuya». Aún me cuesta comprender por qué, de todo lo que podía suceder y que pudiera reflejar alguna falta de preocupación de mi mamá hacia nosotras, como un accidente o lo que fuera, mi papá usó el embarazo.
El embarazo, en una sociedad que se ufana por su respeto a la vida, como sentencia sobre mi cuerpo de niña, sobre mi sexualidad y sobre nuestra familia, la que poco a poco empezábamos a rearmar.
Sentencia del padre seguida por la de la madre: «Si tú quedas embarazada, yo misma te llevo a hacerte un aborto» fue la última frase de mi mamá en esa conversación que, a mis 14 años, me hizo reventar en llanto. Era tan amenazante todo… En mí, el no defraudar a mi mamá, el «no cagarme la vida», como llaman -también los/as defensores de la vida- a quien se embaraza en su juventud y pierde las «tantas posibilidades» que supuestamente esta sociedad nos entrega. Sin reparar en que éstas, desde la cuna, no son las mismas para todos.
Mi mamá no lo hubiera hecho, estoy segura. En casa no existían los medios económicos para hacer un aborto sin poner en riesgo mi vida y, de todos modos, ella hubiera hecho lo posible por ayudarme a cuidar un bebé. Total, donde comen 5, comen 6… Y puede ser bellísima la idea de la solidaridad que reside en esa frase si es que no la usaran también aquellos que nos quieren convencer de que nuestra pobreza siempre puede ser más soportable.
El asunto quedó ahí, no me embaracé mientras podía ser responsabilidad de mi madre pero sí después… unos 6 años después, creo. Y ya era responsabilidad mía, mía y del progenitor –o eso debió haber sido-, mas no de mi mamá. En ese momento llevaba poco tiempo de haber terminado con mi ex-pareja, un buen tipo con el que seguíamos enamorados, pero también nos parecía que estar juntos se nos estaba haciendo cuesta arriba y entre que nos pasábamos unos meses en esa decisión sobre si volver o no, yo tenía sexo con otras personas… experimentaba, después de mucho tiempo de tenerlo solo con mi ex-pareja. Era sexo casual y protegido y en eso confiaba, no esperaba ser parte de ese supuestamente pequeño porcentaje al que se le rompe el condón. Pero se rompió… con quien estaba en ese momento lo tomamos con un poco de incomodidad pero, dentro de todo, con ligereza… Ya estaba, habría que hacerse algún examen posterior para descartar que nos hubiéramos transmitido algo, lo que era improbable según nosotros y fin de la historia…
Pero no fue así… pasaron los días, cerca de un mes, y una de mis primas me espetó sin más: «tenís cara de embarazá». “Que no”, que “¿cómo se te ocurre?”, «no, ni cagando», “de adonde, si yo siempre me cuido». Siempre, incluso esa vez y la recordé. La recordé y me afligí un poco. Dentro de horas, la angustia aumentó. Andábamos en un parque infantil, era el paseo de navidad de su trabajo y todo estaba lleno de niños/as. Les miraba jugar, gritar, reír, correr y se me hacían tan bonitos/as…. súper bonitos, pero tenía la certeza -y la tengo hasta hoy- que eso no bastaba para convertirme en madre.
Creo en la vida, la valoro profundamente. Me gusta pensar en que llegará el momento en que nadie, en absoluto, muera de hambre o por falta de atención médica. En que todo/a niña/o tenga su lechita y pueda jugar y no tenga que trabajar ni pasar frío o alguna escasez… también me gustaría pensar que, algún día, el voraz afán de tener más y más de algunos mermará hasta que las condiciones de vida de todos y todas sean dignas… Dignas, porque el valor que le doy a la vida ya no me basta si la nombro así nada más. Creo en la vida digna de todas y todos y creo que esta no es posible mientras nuestras decisiones sean anquilosadas por otros, esos otros que son los mismos que le niegan a tanto niño/a su pan y su lechita pero que nos obligan a parirles para que desnutridos y hastiados se vean obligados a trabajarles por lo que sea.
Saliendo del parque llamé a una amiga: «Querida, por favor, voy a tu casa. Compraré un test de embarazo. Hazme el aguante». Llegué a su casa, me senté en el baño y apenas las tres gotas de pipí cayeron sobre el plástico se develó el resultado. Una vida crecía dentro de mí. Pero esa vida, en las condiciones que yo tenía, sería una vida a secas, difícilmente algo de dignidad podría haberle ofrecido.
Acababa de empezar una carrera que me tardaría, luego de terminar, unos 20 o 25 años más en pagar gracias al sistema crediticio -dizque solidario- de nuestra educación. Esperaba poder conocer muchas cosas también, aprender, hacer, construir. Trabajaba como mesera los fines de semana en un restaurante cuyo dueño ganaba millones mensuales pero en el que me pagaban 5 mil pesos por turnos de 8 a 10 horas con lo que difícilmente hacía más que pagar mis pocos gastos. Sentía que había mucho por hacer en mi vida y poco que ofrecerle a un otra/o en ese momento, mucho por hacer y en ese momento pensaba que tal vez, algún día, ese algo que estaba haciendo se lo podría ofrecer a quien viniera, mas no en aquel entonces. Esto, aunque sabía que encontraría apoyo, que mi mamá tal vez me ayudaría a cuidarle, pero de tener un hijo/a, ese hijo/a sería mío y no responsabilidad de alguien más. Hasta el día de hoy no creo en eso de las abuelas cuidando nietos, sí como apoyo, más no como responsabilidad y yo en aquel tiempo no tenía ningún tipo de capacidad económica, ni moral, para hacerlo. También sabía que no quería que alguien cargara con las frustraciones que podría implicar un embarazo en ese momento. Hasta el día de hoy lo pienso, y no encuentro el egoísmo en mi razonamiento.
Por otro lado, y es algo que hoy miro con tristeza pero ya liberada, me preocupaban varios asuntos. Entre ellos, qué dirían/harían y demases, mi ex-pareja con la que intentaba volver, su familia, la mía… y todo aquel que se sintiera con derecho a juzgar el que mi embarazo fuera producto de otro. Podría no haberlo reconocido… podría haber seguido adelante y encajárselo a mi ex o futuro (en ese momento), pero no, eso nunca estuvo en mis planes. Podría haberlo contado con honestidad y decirle que bueno, que fue en ese tiempo de indecisión y de seguro, con todo lo que nos queríamos y su profunda bondad y empatía, me hubiera aceptado panzona y le hubiera querido como propio. Pero tampoco, no pasaba por ahí el asunto.
Apenas esas gotas de pipí cayeron rompí en llanto. Histérica, desesperada, me odié, odié mi cuerpo procreador, odié mi ser mujer y odié aquel momento de placer. Me odié y me castigué. Tenía tanto miedo además. Nada que ofrecer, mucho que perder. Ningún modo de garantizar una vida digna… y me lo repetía y a los pocos minutos tomé la decisión… y no fue tan difícil. El ejemplo de mi padre me enseñó que para ser padre hay que hacer harto más que parir o dar vida. Pa’ ser padre y/o madre se necesita compromiso, cariño, responsabilidad, ganas y condiciones adecuadas -materiales, digo- donde una persona pueda desarrollarse y medio sobrevivir en esta sociedad en que gana el más fuerte. De eso, podría haber contado solo con las dos primeras, del resto nada tenía. Mi amiga me abrazó desde una solidaridad de mujeres profunda. Mi amigo me dijo que tuviera fuerza, que nada malo estaba haciendo y que era mi decisión, nadie debía juzgarme. Aunque claro, nadie quería hablar de que además de juzgarme, podrían sentenciarme y encarcelarme.
La angustia aumentaba. Llegué a la casa con los ojos hinchados y me pasé la noche entera buscando en internet sobre cómo abortar, qué hacer, que no. Llamando a las pocas amigas en las que podía confiar para que me dieran un dato, «el remedio» que se hacían las abuelas o lo que saliera. Lo primero que hice fue tomar una tira de Estradiol que luego supe solo afirmaban el embrión cuando éste ya estaba en formación…
Luego una amiga me pasó un dato certero. Médicos que hacían un raspaje en una clínica privada por Providencia. Pero me era imposible juntar los quinientos mil pesos que costaba la intervención… porque más en ese tiempo, y aún hoy: ¿QUIÉN PUEDE DISPONER EN CHILE DE 500 MIL PESOS PARA ABORTAR? El precio de mercado de un aborto nos lleva a pensar sobre quiénes pueden acceder a él. Además de eso, el sudor frío me recorría el cuerpo entero al imaginar morir en una clínica clandestina de esas que salían en la tele, en pésimas condiciones de higiene y con un tipo con pinta de carnicero abriéndome de par en par para que una aspiradora me desgarrara entera. Me sentía medio desfallecer, sentía vértigo de pensar en mi mamá y alguien diciéndole: «Sí, su hija murió porque se estaba haciendo un aborto». Pensaba en la sanción moral que recaería sobre ella y mi familia y de nuevo… todo era pánico, todo era angustia.
Otro dato llegó. Podía conseguir unas pastillas, las misotrol. Era casi seguro que con eso resultaría y las vendían en farmacias. Ahora había que buscar quién hiciera la receta, buscar dónde comprarla, buscar a alguien que las pudiera comprar -porque ya habían descubierto que esa pastilla para las úlceras gástricas estaba siendo usada para abortar y su venta, desde ese momento, era con receta retenida y la suspicacia de los farmacéuticos hacía que para una mujer joven fuera casi imposible comprarla- y conseguir el dinero.
Hoy escribo y nuevamente me recorre algo de la angustia de ese momento. Pienso en las muchas mujeres, aún niñas o ya adultas que se ven en esta situación y se sumen en la desesperación… Sin nadie que las apoye y temiendo todas las posibles condenas. Mi educación fue suficiente como para saber leer, averiguar, buscar y entender las complicadas frases en que muchas veces habla la ciencia. Pienso en cuántas de esas mujeres no pueden hacerlo y al revivir la angustia de ese momento, ahora le sumo una profunda rabia… rabia, que aunque muchos no comprendan está cargada de amor. De amor por ellas, por nosotras, mujeres invisibilizadas cuando parece que la única que vida que importa es la de quién, en teoría -y aunque sea por unos minutos, como en casos de problemas congénitos- está por nacer.
Logré conseguir todo y pude comprar las pastillas, un farmacéutico solidario, una mujer que entregó sus datos al comprarla, los/as amigos/as que me ayudaron a juntar la plata. Ya iba a ser navidad y no sabía qué iba a decir porque no podía brindar… Porque dejé de tomar igual. Podía ser aún que las pastillas no resultaran y en ese caso, no quería afectar esa vida. Es loco, ¿no? Para quien lee le puede sonar contradictorio pero quisiera pedirles que, desde la más profunda empatía, lo piensen otra vez. Puede ayudarles una frase que me topé hace unos días revisando el internet:
«Ninguna mujer quiere un aborto como se quiere un porsche o un helado. Ella quiere un aborto como un animal en una trampa quiere roer su propia pierna»
Como un animal en una trampa quiere roer su propia pierna… Decidir abortar, y hacerlo… nada tiene de fácil. Nadie anda por la vida deseando embarazarse para luego abortar. No lo queremos, ni lo hacemos por mero capricho.
Hace poco otra amiga hizo una investigación en ciencias sociales respecto al aborto. Parte de sus descubrimientos es que las mujeres que abortan en nuestro país y que pertenecen a mi generación (entre los 20 y los 35 años aprox.) manifiestan gran preocupación por las consecuencias que puede tener un aborto fallido en esa vida, de concretarse. Buscamos un aborto efectivo, para no hacer daño a alguien más. Esto no aparece en la literatura científica de corte europeo, donde los abortos son seguros y, nuevamente nos lleva a replantearnos el mote de egoístas que se nos pone al defender la opción de interrumpir un embarazo.
Pasó la navidad y en ese momento fue, justo antes que llegara el año nuevo ya que ese día tendría que disimular cualquier malestar nuevamente y sumarme a los festejos para los que no estaba… Pero para los que tendría que estar porque, salvo las/os amigas/os, escasos por cierto, nadie más sabía. Me comía la angustia solita, casi no miraba a los ojos esperando que nadie más descifrara esa «cara de embarazá» que vio mi prima.
Una pastilla sublingual, tres en la cavidad vaginal. Una amiga me acompañaba. Nada sucedía y aumentaba aún más la angustia. De repente, retorcijones… dolor profundo en el bajo vientre, en el útero, mi cuerpo se estremecía. Corrí al baño por una diarrea fuerte y dolorosa. Muchas lágrimas salían de mí, una tras otra. Me sentía re sola… me dolía todo. Mi moral de aquel entonces me hacía pensar que era el precio que estaba pagando por mi irresponsabilidad.
Por cierto, el que había hecho la mitad del asunto, cuasi padre, brillaba por su ausencia y, quién sabe… tal vez hoy engrose las filas de antiabortistas, como tantos que nunca se responsabilizaron de sus acciones pero que se erigen desde cierta altura moral para condenar cualquier acto que esté fuera de su comprensión. Y para entender un embarazo o para hablar de un aborto cuando no se tiene útero, harta comprensión se necesita… o empatía. Si no, es mejor callar. Como debió callar también mi padre, otro perito en desentenderse de su responsabilidad con sus hijas y su hijo. Como esta sociedad toda que pare y pare para segregar.
Largas horas de dolor, 4, 5, 6… ya ni supe. En esos momentos de sangrar tanto perdí un poco la conciencia también y no solo de la hora. Mi amiga tuvo que darme unas palmaditas un par de veces. Me salía mucha sangre y temía desangrarme y tener que ir a un hospital. Sabía que probablemente pocos restos de pastillas quedaban ya pero aún así, de aparecer algo, me encarcelarían entre 3 y 5 años… Me meterían a la cárcel a mis 20 años y podría pasarme 5 ahí dentro… 5 en la cárcel, saldría a los 25, ¿qué podría esperarme luego de eso? No paraba de repetírmelo y eso, claro, si lograba sobrevivir el desangramiento.
Al cabo de unas horas, y de varias ya sentada en el baño sin poder moverme, algo expulsé. Una «masita» pequeña, de no más de un centímetro. La vi y si bien ya estaba fuera de mi cuerpo, no pude sentir alivio. Aún faltaba no desangrarme y no terminar presa. Aún faltaba saber cómo serían los días siguientes y el enfrentamiento con mi conciencia, formada en una escuela católica. Aún faltaba confirmar que ya no estaba embarazada y que esa «masita» no era cualquier cosa.
Los dolores siguieron por varios días. Mi «regla» duró algo así como un mes… Mi útero dolido y mi pecho también, poco a poco iban encontrando tranquilidad. Hasta el día de hoy, 10 años después, pienso que fue la mejor decisión que pude tomar. Niños/as para adoptar, como algunos plantean, hay por montones esperando… y cuando pasan los años se hace más difícil. Sí, porque a varios de los que les gusta tanto la vida y que recomiendan la adopción en estos casos, no se embarcarían en adoptar a un niño/a mayor a dos o tres años. Es también parte de la hipocresía, ¿no?
En otra ocasión en que discutía con mi mamá, me dijo: «Yo ya te desconozco. Capaz con qué salgas, capaz que hasta un aborto te hayas hecho». Y sí, me lo había hecho, cargo con eso hasta hoy. No tengo siento culpa por haber abortado pero para mi mamá, de todas las cosas malas que uno podría hacer, entre ellas violar, matar, robar, explotar… ponía como ejemplo la interrupción del embarazo. Mi mamá me ama, no lo dudo, se maravilla con mis logros, aplaude cada uno de los pasos que doy. Ambas nos consideramos buenas amigas, ella sabe que yo estoy cada vez que me necesita pero nunca, en estos diez años, he podido decirle que yo hice lo peor en el mundo para ella. Tal vez desde sus nuevas experiencias me mire y me abrace, tal vez lo condene… no estoy aún dispuesta a su sanción y su juicio. Yo tomé una decisión, difícil, condenada socialmente, pero mía. Para ella yo hice lo peor del mundo…
Para ella, no para mí.
Igual, en eso hay algo extraño. Hace unos años, antes de toda esta historia, encontré unas cartas entre mis papás del tiempo en que hubo amor. Nadie se negó a que las leyera y mientras lo hacía me enteré que mi mamá no había perdido solo un hijo sino dos. Se me hizo raro pues siempre supe la versión de que era uno… Un día se lo pregunté: “Oye mamá, ¿así que tuviste dos abortos?”. El color de su cara cambió. De un aborto, espontáneo por cierto, siempre se habló, ‘el hermanito que no nació’ y esas cosas. Del otro nunca. “Síii, si siempre fueron dos”, me dijo. No le creí y no le creo hasta hoy pero respeté y respeto que lo dejara en su intimidad. De haber sido cierto, mi mamá abortó cuando en Chile el aborto era legal. De haber sido cierto, lo que le hizo cambiar su percepción fue la ley que posteriormente lo prohibió… leyes que construyen unos/as pocos/as para el beneficio de unos pocos.
Yo aborté y si hoy lo cuento es porque ya estuvo bueno. Al que encuentre algún argumento en mi anonimato para desacreditar mi posición le digo que no daré mi nombre porque sé bien donde vivo y de donde vengo y sé también que a los y las pro-vida les daría lo mismo mi vida si me encuentran en la calle. Yo aborté y si hoy lo cuento es porque busco que reflexionemos en conjunto, busco que entendamos que el aborto no es fácil, ni es un juego, pero a veces no hay más opciones -reales, no falaces como la adopción y algunas otras- y, por uno y por el o la que viene, esa decisión debe ser adoptada. Como en el caso de aquella niña de 11 años, violada reiteradamente que hoy espera un bebé de su violador. ¿Acaso será vida para ese pequeño/a que su madre lo trate como una muñeca o que lo vaya a querer como tal? Hay para quienes sí y son, en su mayoría, quienes cuentan con esos quinientos mil pesos y más, que alcanzan también para pagar el viajecito de la niña bonita mientras pasa la vergüenza.
En estos diez años he auxiliado a amigas y desconocidas varias cuando enfrentan la misma situación. Acogerlas, orientarlas y acompañarlas durante este tiempo me ha reafirmado, hasta tener la convicción plena, que abortar es una decisión sumamente dolorosa. En estos años también he conversado del tema y de mi experiencia con regularidad, al menos cuando tengo la certeza de que, si bien pueden no estar de acuerdo conmigo, al menos nadie saltará ofuscado/a a golpearme o insultarme.
Hoy oriento a quién me lo pida cuando piensa, quiere, y/o decide abortar y hago esto tal como me maravillo y me lleno de emoción con cada amiga que decide embarazarse y pasea su pancita. Tal como me maravillé cuando nació mi sobrino y, hace no mucho tiempo, mi sobrina. Me emociona también ver a quienes construyen su familia como opción y no como obligación, a quienes veo seguir una maternidad voluntaria y no impuesta. Me sigue maravillando la vida digna, y hoy lo reafirmo con toda la experiencia de estos años, con las angustias de las amigas, de los amigos, con la red de solidaridad que se forma entre quienes sabemos que la vida no es un valor en sí misma… Abortar debe ser una opción, segura, libre, consciente e informada. Y sí, contemplada en los planes de salud tanto públicos como privados –ya que los hay-.
Oriento a las que me lo piden para que su angustia y soledad sea menos, para que al menos, el terror a morir, a la sanción social, o la cárcel, sea más llevadero. Para que no nos mate la angustia o la ignorancia antes que la sociedad.
De aquellas mujeres que he acompañado, todas, y me incluyo, dormimos tranquilas. Nos abrazamos a la vida con fuerza e, incluso, muchas de nosotras sin ser madres aún, y tal vez sin querer serlo, nos preocupamos día a día por hacer de este mundo un lugar más ameno y más justo para quienes lo habitarán después de nosotras. En este escrito también están ellas, estamos todas nosotras.
Es necesario despenalizar el aborto, quitarle su sanción moral y también jurídica, para que todo/a nuevo/a niño por nacer, esas futuras semillas, crezcan siendo queridas, cobijadas, resguardadas y con sus necesidades cubiertas y así nadie pueda abusar de ellos/as. Para que no haya ninguna muerta más, ni tampoco ninguna más encarcelada por decidir sobre su cuerpo.
La lucha por el aborto es y debe ser de todas y todos, no podemos quedarnos fuera.
Anónimo.



Yo también aborté, allá por el año 2002… ni siquiera recuerdo el mes, sólo que aún no era legal en el DF (México).
Tenía pareja, pero recurrí a una amistad que me había platicado de otras amigas suyas que ya lo habían hecho: ella debía tener información.
No fue sencillo, tampoco fue totalmente responsable el proceso pero creo que fue un mecanismo de defensa ante la gravedad del asunto… Definitivamente yo no podía ser madre, de hecho nunca estuvo esa opción.
Mi amistad me presionaba con que lo tuviera y una vez hecho el proceso… yo estaba muy tranquila y ella aún me presionaba para hacerme sentir culpable… Yo estaba tranquila.
Desde ese día, empecé a interesarme en el tema y apoye la despenalización del aborto en el DF y aunque aún falta mucho por hacer, poder hablar del tema es un gran paso…
Escribir de mi experiencia me recordó la sensación de angustia y vacío que había en mi cuerpo, en mi estomago… Nadie debería juzgar a una mujer por recurrir a la última opción, nadie desea ni está a favor del aborto…
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