
San Fabián de Alico. Advierto al lector que esto no es periodismo, no pude hacerlo estando en la cuna de Nicanor Parra
En medio de la cordillera el frío congela los párpados. Quedamos con grabar todas las labores que realiza durante la mañana la señora Leontina. Escucho un ruido –debe ser ella- me apresuro a levantarme de la cama. Tomo la cámara, el trípode, una agenda, y salgo de la habitación oscura, abro la puerta y la noche sigue dominando el espacio, el aire quema. Me dirijo a la cocina, está vacía, negra y sin calor. Regreso al corredor con piso de tierra que separa la habitación en la que dormimos de la cocina y la casa principal, no pasa ni un minuto cuando aparece la señora, sonriendo y saludando con un efusivo buenos días mientras carga unas ramas de árbol.
Busca algo en los muebles de la cocina, abre y cierra cajones hasta que encuentra una caja de fósforos y con sus dedos gruesos saca uno al tiempo que se dirige a la pared donde pende una ampolla de vidrio que dentro tiene una mecha conectada a un galón de gas de cinco kilos. Es una lámpara de gas, en su casa no hay electricidad, ni en todo el sector conocido como El Chacayal. Enciende el aparato, se inclina hacia la derecha para prender la radio a pilas y escuchar un programa de música mexicana hecha por chilenos, da media vuelta tarareando la canción que suena y se agacha a recoger unas astillas que seguramente hizo más temprano. Hincada abre la puerta de una gran estufa, que más bien parece un tambor petrolero, ubicada en medio de la cocina, que también es grande por cierto, e introduce papel, la madera, otro fósforo, unos soplidos, el fuego comienza a arder y un olor suave acompaña al humo que escapa por las abertura de la compuerta. La señora Tina se incorpora sacudiendo sus manos para quitarse el hollín y sale rauda caminando del lugar.
Con su mano izquierda sujeta la motosierra, mientras la otra tira del cordel de arranque, al sexto intento se enciende, la agarra firme y comienza a cortar unas ramas gruesas de un árbol, que según comenta, con un temporal que ocurrió hace poco cayó, y ahora sirve para alimentar el fuego. Termina de cortar, toma la leña en sus brazos, se dirige a la cocina donde acomoda los palos alrededor de la estufa circular. Otra vez se limpia las manos dando palmadas. Es hora de atender a los animales. Ya ha aclarado, pero el sol aún es tímido, la luz es de un pálido azul. Lo que sucede es que las montañas de la cordillera no dejan que los rayos del sol lleguen directo al valle donde está instalada su casa. La mujer de 54 años entra a un galpón pequeño, saca pasto seco, forraje, lo acomoda sobre un gran trozo de plástico color azul cobalto que hace contraste con la tierra café, y los verdes y amarillos del alimento del equino. Acumula una gran cantidad y luego agarra por los extremos el plástico, lo levanta y transporta a pulso hacia el establo del caballo que se encuentra a unos treinta metros.
La tierra y el pasto están cubiertos por una escarcha blanca, algunas hojas se quiebran al paso de la mujer que cursó hasta cuarto básico en una escuela de San Fabián. Ella sonríe, y pese al frío solo lleva puesta una polera rosada, un jeans, y botas de goma. Los animales también parecen sonreírle, la pasividad y obediencia del caballo, los chanchos, las aves que salen ordenadas de su casa, porque no están encerradas en un corral si no más bien en una media agua con paredes de madera, no de malla de aluminio o fierro, lo mismo los pavos. Hay un respeto que no se rompe a pesar de que la mayoría de los animales son sacrificados para ser comidos, pero así subsiste la gente en esta zona de la cordillera, porque en invierno no se siembra, menos cosecha, por lo que en verano los frutos son guardados, es el caso de las papas, las legumbres, mientras que las frutas son puestas en conserva o hechas dulce, como la de membrillo que más tarde estaría sobre la mesa para servir el desayuno.
La estufa y una cocina con horno para cocinar, las dos a leña. Toma una olla negra de hollín y le deposita aceite, la ubica sobre la cocina, directo en el fuego. En una mesita chica de madera esparce harina y los ingredientes necesarios para hacer una masa que luego se convertirá en exquisitas sopaipillas de color dorado. El mate, las frituras, el dulce de membrillo, y una paté que con el dulce pasa a segundo plano conforman la merienda, pero lo más importante son las palabras que vuelan como los queltehues que ya habían comenzado a cantar antes que el sol nos obsequie sus primeras luces.

“Yo no podría vivir en la ciudad, ¿qué haría si solo sé cuidar animales y trabajar la tierra? Aquí salgo y todo es verde, no necesito plata para trasladarme, camino o ando a caballo, la mayoría de las cosas las saco de la tierra. El ritmo de vida es otro. No pago agua porque la saco del río, y tampoco luz eléctrica, porque no tengo. Guardo los porotos en verano, y me duran y a veces sobran durante el año. Me gusta salir a caminar, subir los cerros, arrear las cabras, las vacas, cortar la leña. A veces quedo aislada por la nieve, pero estoy en paz, nadie me apura mientras los animales estén bien. Mis hijas se marcharon a Santiago, porque aquí no hay oportunidades, no nos toman en cuentan, y con lo del embalse Punilla siento que nos pasan a llevar. No soy propietaria de estas tierras, solo las trabajo, al parecer toda mi familia vivió aquí antes, y yo también he estado vivo aquí, amo esta tierra, es todo para mí. Mi casa y el predio que ocupo serán inundados si se construye el embalse, todos los recuerdos desde ese momento serían tristes”.
La historia del embalse es larga, desde hace 84 años que está en proyecto, son cerca de 3.700 hectáreas ubicadas a 30 kilómetros de la localidad de San Fabián de Alico, en la cordillera, las que podrían llegar a ser sumergidas, y más de cien familias las afectadas, algunas directamente con la expropiación y otras quedarían en el absoluto aislamiento. El Estado chileno insiste en que se tratará de un embalse con fines de regadío, pero sin embargo, en la última cuenta nacional, el actual presidente de Chile mencionó que este embalse estaría contemplado dentro de la agenda energética, es decir, que en realidad funcionará como una hidroeléctrica. Cuestión que amplía la zona de perjuicios, ya que no solo será el muro de más de cien metros de alto, y canales de paso parte de la infraestructura, si no también torres de alta tensión, con cables, y la maquinaría de una hidroeléctrica, etc.
El embalse acarreará una multitud de efectos adversos, según el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) de la Comisión Regional del Medio Ambiente (Corema) de la VIII Región del Bío Bío , sobre la cantidad y calidad de los recursos naturales renovables, incluidos el suelo, aire, agua de los ríos, La Trucha, Ñuble, Gato, Los Sauces, entre otros. Por otra parte el reasentamiento de las comunidades humanas repartidas en diferentes sectores como El Chacayal, El Roble Huacho y Los Sauces, generará una alteración significativa de los sistemas de vida y costumbres de las personas, como el caso de la señora Ernestina, además la localización del embalse, próxima a población, recursos y áreas protegidas susceptibles de ser afectados, como el Corredor biológico Nevados de Chillán- Laguna del Laja- zona protegida por la Unesco, el valor ambiental del territorio en que se pretende emplazar, ya que es una zona rica en flora y fauna, madera nativa y especies animales como el huemul y el puma chileno, la variación significativa, en términos de magnitud o duración del valor paisajístico o turístico de una zona que subsiste también gracias a labores en esta área, y por último, serán extinguidos monumentos, sitios con valor antropológico, arqueológico, histórico y, en general, los pertenecientes al patrimonio cultural, como los cementerios indígenas emplazados en El Chacayal y El Roble Huacho.
El embalse la Punilla, hoy renombrado como “Esperanza”, nació como solución para el regadío de agricultores afectados por las sequías, sin embargo, los beneficiados serán aquellos que tengan derechos de agua, y la gente que hoy no paga por el recurso, deberá hacerlo. Por otra parte, la instalación de una planta hidroeléctrica es parte del proyecto, solapada eso sí, para que el Estado pueda expropiar anunciando la construcción del embalse para regadío. Toda la cantidad de energía generada por la hidroeléctrica no será utilizada en la región, sino dirigida a los centros urbanos que ya no dan a vasto de sobrepoblación y problemas de contaminación, y por supuesto para las grandes empresas transnacionales de minería y otros rubros que operan en el país.

Una represa de este tipo, no lleva riqueza a las regiones, ni mejora la calidad de vida de sus habitantes. Esto es comprobable con el proyecto realizado en Ralco, alto Bíobío, donde las hermanas Quintreman hoy viven en la absoluta pobreza, a pesar de haber recibido 250 millones por la expropiación de sus tierras. Y es que la cuestión no es la cantidad de dinero que puedan obtener los expropiados, sino el cambio de costumbres, ellos no viven, ellos subsisten, el dinero no es importante, ni es su medio de cambio principal, ni la herramienta única para obtener cosas, como es en el caso de nosotros, los que vivimos en la ciudad y estamos sumidos al mercado en cada aspecto de nuestras vidas. Nuevamente el valor se enfrenta al precio, yo apuesto por el valor inconmensurable que tiene la vida humana y la naturaleza. No al Embalse La Punilla, o Esperanza.
Por Yovanny Torres

