Indignados por Ley

“Indignados”. Hoy por hoy es una de las palabras más utilizadas por la gente común y corriente que intenta día a día lograr parar la olla, llegar a fin de mes, pagar sus cuentas; o en otras palabras, intentar aguantar este régimen jurídico, económico y consumista en el que nos vemos atrapados.

Indignados nos encontramos por obedecer un régimen económico y social que no quisimos, del que no fuimos partícipes en su creación, y menos aun en su legitimación.

Indignados del Estado Subsidiario, ni tan subsidiario la verdad. Haciendo notar que lo que existe hoy es un libertinaje en la producción de bienes preferentes por parte de este Estado Mínimo (salud pública precaria, viviendas sociales poco satisfactorias y para qué hablar de la vapuleada educación pública que nos ofrecen) que los ideólogos de la indignidad establecieron con tanto lujo de detalle escudándose en la libertad del hombre. Ay, la libertad, está tan mal entendida, tan abusada. Como si pasáramos por alto que la misma es hermana de la igualdad, y aun más de la fraternidad.  Y por si fuera poco, de la  equidad. Enemiga de la segregación y de la división entre los seres humanos.

Indignados, a fin de cuentas porque gracias a este orden de cosas carecemos del origen de esta palabra tan de moda instalada en la palestra por el movimiento 15-M en España, de DIGNIDAD.

¿Somos acaso, realmente dignos? ¿Nuestra Carta Fundamental realmente establece la dignidad humana como uno de sus principios capitales en la realidad más allá del papel? En serio cuestiónense este par de preguntas, que no está tan alejada de la realidad esa frase tan en boga en facultades, en espacios urbanos empapelados de reclamos ciudadanos: “Y todo por culpa de la Constitución”. Sí, como lo leen, es por culpa de la ley de más alta jerarquía y fuente de validez de todo nuestro ordenamiento jurídico que las cosas son tal como las ve hoy. Porque consagra la desigualdad, porque le da cabida a esa inexistente mano invisible para (des)controlar todo el ámbito financiero, y porque aun más nos tiene atados de mano.

Ahora bien, por más que nos cause impotencia nuestra indignidad, no podemos quedarnos de brazos cruzados, la posibilidad de cambiar el estado de las cosas si es posible, pero implica una serie de deberes que parece que olvidamos, la participación ciudadana. Inscríbase a votar, vote, tenga fe en las instancias democráticas, tenga fe en la política y desconfianza en los malos políticos (no confunda ambas cosas, ya que por hacerlo se terminan manchando el noble arte de hacer política).

La luz al final del túnel de esta indignidad pasa por cambiar la Constitución. Sí, no se asuste si esto le suena descabellado, que es sólo por esa vía institucional y legislativa por la cual se puede dar vuelta la página a estos oscuros 30 años que nos tocó enfrentar, con más carencias y desigualdades que virtudes.

Aunque el tema da para largo, acá van escuetamente las claves del cambio: Reforma Constitucional que establezca la participación ciudadana por medio de los plebiscitos (ya que la forma actual de llegar a él es bastante complicada, sino consulte usted mismo la constitución en los artículos finales). Ojo eso sí,  con esta  democracia directa, pongámosle límites, encasillándola en los temas más fundamentales como los antes mencionados salud, vivienda y educación, porque se corre el riesgo de que seamos nosotros mismos los que atenten contra el orden social al que aspiramos.

Luego de esta reforma (a cual en verdad marcaría un verdadero precedente) se debe concurrir firme en convicciones a la creación de la asamblea constituyente, para lograr la creación y esta vez si sentirnos efectivamente partícipes de un orden orquestado por los ciudadanos, en aras del bien común, con un Estado realmente presente y un pueblo que pase de la indignidad a la dignidad.

Por Juan Peña Libuy

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